Hace ya unos cincuenta años leí una antología de versos del poeta ruso Evgueni Evtuchenko que se titulaba así. Me parece pertinente utilizar el título de su libro* y su poema homónimo recreándolo en cierta manera para reflexionar sobre la opción de asentar nuestras viviendas colaborativas en nuestra ciudad. Y digo reflexionar porque no basta con opinar sino que debemos hacer un esfuerzo para razonar y argumentar las opiniones evitando así caer en las meras ocurrencias.

Son casi evidentes las ventajas que tendría quedarnos en Zaragoza: no cambiaríamos el entorno en el que nos hemos movido hasta ahora, no nos alejaríamos de nuestros amigos y familiares, tendríamos a mano los servicios sanitarios, culturales y de ocio a los que estamos acostumbrados. Son estos argumentos de mucho peso. Esa sería nuestra ciudad SÍ.

Sin embargo también tiene algunos inconvenientes que debemos señalar: el precio del suelo urbano consolidado, derivado en parte de la escasez y sobre todo de la especulación, constituye una gran limitación para diseñar las arquitecturas del cuidado con espacios amplios de poca altura, con terrazas y espacios bien ventilados y un entorno agradable para nuestras viviendas colaborativas. Estaríamos empezando, con estos inconvenientes, a delimitar los contornos de nuestra ciudad NO. Contornos de esta ciudad NO que se verían reafirmados por el clima de la ciudad siempre riguroso: viento, niebla, frío y un verano abrasador.

Evtuchenko en su poema dice: “Soy un rápido tren

                                                                                               que hace años va y viene

                                                            entre la ciudad SÍ

                                                                                              y la ciudad NO…”

En este viaje, que también hacemos nosotros, moviéndonos entre los argumentos a favor, la ciudad SÍ, y los argumentos en contra, la ciudad NO, también debemos pensar en que se está asentando en nosotros el otoño e incluso más de alguno vamos viendo que se aproxima sobre una alfombra amarilla el invierno a nuestras vidas y que quizás vayamos priorizando o deseando a partir de ahora otros aspectos de la cotidianidad que en la gran ciudad directamente no son posibles o están muy limitados. Cada vez apreciamos más un entorno social y afectivo más amable, sin prisas ni agobios, sin necesidad de transportes locales, donde la lentitud y la calma junto al paseo conversado son un valor y una vivencia deseable. Serían quizás más propicios para nuestro estilo de vida los arrabales, barrios rurales o poblaciones muy cercanas con todas las cualidades de la ciudad SÍ.

Estos tiempos pandémicos, por otra parte, han puesto en evidencia que es posible tener muchos servicios culturales y de ocio telemáticos: plataformas de ocio y cultura como Filmin o Netflix que nos permiten disfrutar de cine, documentales o música a la carta. Por otra parte, el grupo que estamos formando poco a poco sería capaz de generar actividades creativas, culturales, de ocio o de ejercicios físicos para asentar un entorno de envejecimiento activo y amable.  Hemos experimentado que, a falta del contacto personal, siempre mucho más cálido y agradable, tenemos la posibilidad de cambiar impresiones a través de las video- llamadas o las teleconferencias.

No sé, nadie lo sabe, cuánto puede durar este viaje continuo que hacemos constantemente entre la ciudad SÍ y la ciudad NO pero sería deseable que disfrutemos de él y decidamos con la razón pero también con los sentimientos dónde nos quedamos en la ciudad SÍ o en la ciudad NO.

*Evgueni Evtuchenko: Entre la ciudad SÍ y la ciudad NO. Madrid 1971, Alianza Editorial 3ª edición.

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