De pronto, inopinadamente me viene una idea al magín.

    —¿Y tú qué opinas?

    —¿Quién yo?

    —¿Quién va a ser si no? —le digo, amablemente.

    —Muy bien.

    —Quédate y habla conmigo, tomemos un cafelito mientras charlamos. No suelo recibir visitas vuestras, como mucho una al año.

    Ella, la idea, suspira incrédula, cabecea como con dudas acerca de aceptar o no pero finalmente, golosa, acepta la invitación y se sienta con algo de ceremonia en mi sillón orejero.

    La observo mientras voy y vengo de la cocina a la sala preparando la bandeja, las tacitas, el azúcar y unas pastas esperando a que salga el café.

    Es muy hermosa la idea, de piel trigueña, tiene aspecto distinguido y elegante, es una idea sugerente y hasta sensual diría yo. Va vestida con un traje chaqueta gris marengo y blusa blanca, calza en sus pies unos zapatos negros de medio tacón. Esta vez al menos voy a tener una idea interesante y resultona.

Acuarela del autor

    Cuando el borboteante murmullo de la cafetera anticipa que ya ha salido el café, voy a por él y lo sirvo en las tazas con mucho cuidado. Removemos el azúcar, bebemos los primeros sorbitos y se hace el silencio. Me he sentado, yo también, enfrente de ella y bebido mi café, tomo el recado de escribir y la estilográfica. Entonces, mientras ella perezosamente termina de tomarse el cafelito a pequeños sorbos y a degustar unas pastas de té  —las ideas y las opiniones suelen tender a la contradicción— la voy describiendo con precisión sin que se me olvide ninguno de sus rasgos, antes de que ella, satisfecha al fin, no sé muy bien si por mi descripción o por el cafelito con pastas, se arrellana en el sillón. Me mira con una sonrisa entre incitante y burlona. Me da la impresión de que está al cabo de la calle de lo que pienso como si estuviese instalada además de en el sillón también en mi cabeza. Para que tenga tiempo de asentarse mejor, le ofrezco un vino dulce y ella sin ningún empacho pregunta.

    —¿No tendrás un Pedro Ximénez?

    —Claro, ahora mismo le pongo una copita.

    Mientras voy al aparador para coger la copa y la botella, la observo por el rabillo del ojo, está sonriendo satisfecha estoy seguro de que piensa que me ha impresionado. Le sirvo una copa generosa y se la acerco. Ella la huele primero con delectación, tras haberla agitado ligeramente, y observa la lágrima del vino deslizándose en la copa antes de dar un sorbito. Creo que la idea y yo somos de la misma opinión al menos en lo que respecta al Pedro Ximénez. Le pregunto ya directamente sin ningún resquemor.

    —Y ¿ustedes las ideas dónde se encuentran cuando no están trabajando como ahora mismo?

    —Depende de las ideas, unas preferimos residir en la izquierda y otras en cambio en la derecha.

    —Ya, pero ¿la izquierda y la derecha de dónde?

    —Pues verás —ella me tutea con toda confianza— tenemos la libertad de residir donde más nos convenga, yo tengo querencia por Galicia que es lo más occidental de este país y suelo merodear en torno a Mondoñedo. ¿Conoces el pazo de San Isidro? Está en el Couto do Outeiro, junto a la calzada que llevaba hasta la Ponte do Pasatempo. Allí en el pazo me alojo en la lareira de la antigua servidumbre. Es un sitio muy adecuado para las opiniones enciclopedistas o ilustradas como yo. También allí en el pazo está enterrado el obispo Sarmiento que fue una de las más preclaras figuras de la ilustración gallega.

    Me doy cuenta enseguida de que estoy ante una idea de origen volteriano, no podía ser menos porque, en la siesta, estaba yo soñando a vueltas con la tolerancia, la intolerancia y el Tratado que escribió Voltaire. Por otra parte le encuentro un gran parecido con los grabados que conozco de Émilie du Châtelet, la marquesa que fue el gran amor de Voltaire, aquella mujer que acudía al café Gradot de París disfrada de hombre para poder discutir con los intelectuales ilustrados, pero también aquella mujer que supo atraer con sus encantos al intelectual más solicitado de su época. En fin, deben ser sugestiones de mi magín que anda algo alborotado con su visita y sus sonrisas.

     Se da cuenta de que yo también me he dado cuenta de quién es, sonríe y con ello parece aprobar lo que he escrito sobre ella, carraspea ligeramente antes de decir:

    —Pues me vas a disculpar pero tengo que marcharme, que hay otro opinador que está barruntando una idea diderotiana y es mi deber y mi deseo ayudarlo.

    —¿Puedo contar con que volverá usted a visitarme?

    —Si me sigues agasajando con café, pastas y Pedro Ximénez cuenta con ello, volveré otro rato.

    Se termina la copa, mientras yo también termino de describir la tolerancia y su contraria intolerancia, se levanta del sillón ágilmente con ademanes resueltos y haciendo en leve saludo desaparece.

    Quedo yo satisfecho con la visita de la idea y con lo que he escrito sobre ella, recogiendo las cosas y pensando cómo explicarle a Avelina que tenemos que comprar otra botellita de vino y que son las ideas quienes se las beben.

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