Me hicieron creer que los que somos altos y fuimos jóvenes desgalichados no tenemos gracia para bailar. No he tenido oportunidad de desmentirlo, así que yo soy más de hablar.   

Tenemos que hablar, sí. Mucho. Diréis que ya hemos hablado, que llevamos bastante tiempo dándole vueltas a nuestro proyecto. Es cierto, pero también es verdad que la comunicación ha sido mediada por la tecnología, fragmentada en grupos y recompuesta después. Ha habido acercamientos y tal vez alejamientos, paseos, confidencias, cervezas y cafés. Hemos hecho lo que hemos podido, dadas las circunstancias. Y lo hemos hecho razonablemente bien..  

Pero se abre una nueva etapa. Cabe esperar que la vacunación consiga doblegar la pandemia y podamos vernos cara a cara y que nuestra conversación empiece a concretarse en acuerdos firmes sobre los que edificar nuestra futura convivencia. Estamos concluyendo nuestra primera fase de formación y talleres de debate. Nos enfrentamos ahora al momento crucial de constituirnos en una cooperativa que, llegado el momento, pueda firmar la escritura de propiedad de un solar donde ubicarnos.  

A esa cooperativa nos uniremos aquellos que compartamos una idea de convivencia que deberá estar previamente plasmada en unos estatutos y una normativa de régimen interno. Para su redacción partiremos de lo trabajado hasta ahora y continuaremos contando con ayuda externa, si así se decide, pero el debate y las decisiones son nuestras.  

Tenemos que hablar, pues, y para ello proponemos la realización de lo que podríamos llamar tertulias-café y jornadas de convivencia (como la prevista en Morillo de Tou) en las que, de forma presencial y voluntaria, charlemos distendidamente sobre los temas que nos preocupan. Charlas y debates que solo tienen el objetivo de servir de base para la redacción de los proyectos de estatutos y reglamentos, los cuales tendremos que aprobar en la asamblea constituyente de la cooperativa.  

Que nadie tema, por tanto, que estos debates suplanten la decisión soberana de la asamblea. Y tampoco se sientan relegados quienes no puedan o, por precaución sanitaria, no quieran asistir a estas charlas. En todas ellas estaremos abiertos a la participación a través de nuestro boletín, de la web y, si es necesario, por correo electrónico o cualquier otro medio. Nadie debe quedarse al margen de la discusión, ni mucho menos de las decisiones vinculantes.

¿Y bailar? De mí no esperéis mucho más que un leve movimiento del pie al compás de la música mientras tomo un gin-tonic. Diréis que bailar sentado no es bailar y tendréis razón, pero en mi defensa quiero proponer el baile en un sentido más amplio. Bailar como todo aquello que no tiene que ver con la palabra. Bailar como risa, como guiño, como caricia. Abrazarse aunque no haya música. Comer, beber, pasear en silencio o diciendo tonterías. Danzar, vivir.

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