En los grupos y pandillas de amigos siempre llega el momento en que se plantean si van a pachas o a escote. La expresión a pachas implica que la ronda se paga a partes iguales, mientras que a escote cada uno paga lo que ha consumido. En los primeros encuentros después del confinamiento hemos tenido titubeos entre el sentimiento de culpa de quienes nos hemos tomado más cañas que otros y la sencillez de dividir la cuenta por el número de consumidores. Ir a pachas es costumbre en cuadrillas que van de txiquitos, puesto que la consumición de todos suele ser la misma o muy parecida. Sin embargo, es evidente que es injusta cuando las consumiciones son diferentes en precio, así que esto solo suele aceptarse en grupos muy unidos por lazos de amistad o familiares.

  Y es aquí donde entra uno de los debates de nuestra futura convivencia. Hay acuerdo mayoritario o unánime en que nos planteamos que tendremos una comida común, en la que pueden coexistir varios tipos de dieta. Esto supone un suministro de víveres centralizado para este fin, probablemente gestionado por el personal de cocina y la comisión correspondiente. El debate, suscitado en nuestras quedadas veraniegas de los martes, es si ese suministro —claramente a pachas— puede ser ampliado a otro tipo de productos de uso común, como los que pueden componer un desayuno básico, el pan para la cena, café o infusiones, bebidas frías, etcétera, lo que simplificaría la compra y distribución de productos que no representen mucho coste y cuyo consumo sea similar para todos. La lista de estos artículos se acordaría entre todos, se pagarían del presupuesto común para alimentos y cada persona podría disponer libremente de ellos, siempre y cuando no se aprecie un abuso, en cuyo caso tendría que intervenir la comisión de conflictos.

    Tema menor, si se quiere, muy propio de la charla relajada en las terrazas de verano, pero que preludia otros debates de fondo sobre el tipo de comunidad que queremos. A veces nos referimos a nuestro proyecto como convivencia entre amigos, como una familia e incluso como una historia de amor entre cincuenta personas. Si esto fuera así, parecería lógico ir a pachas. Sin embargo, es evidente que todavía queda un largo recorrido para llegar a ese punto y que, incluso habiendo llegado, esa opción podría no ser la mayoritaria.

    Mientras tanto, nos atendremos al llamado dilema del erizo, que formuló Schopenhauer:

“En un día muy frío, un grupo de erizos que se encuentran cerca sienten simultáneamente una gran necesidad de calor. Para satisfacer su necesidad, buscan la proximidad corporal de los otros, pero cuanto más se acercan, más dolor causan las púas del cuerpo

del erizo vecino. Sin embargo, debido a que el alejarse va acompañado de la sensación de frío, se ven obligados a ir cambiando la distancia hasta que encuentran el grado óptimo de aproximación, el más tolerable”

   Lograr ese equilibrio entre lo privado y lo común será cuestión de múltiples tentativas, pero estoy seguro de que podemos conseguirlo.

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