Lento en la bici

me adelanta el paisaje

cuando me paro.

   En los días del largo verano de los jubilados, ese verano que nos acerca a nuestra ya lejana infancia en la que las vacaciones eran casi eternas, disfruto en Herreros de Jamuz (León) con una bicicleta Orbea que casi tiene los mismos años que yo, quizás por eso nos llevamos tan bien, no se encabrita ni se pone levantisca y la puedo ateclar cuando se desajusta ligeramente. No tiene cambios de marcha ni piñones, sólo responde al ímpetu de las piernas.

    Es una bicicleta apropiada totalmente para pasear y saborear el placer de ver discurrir ante mis ojos el paisaje hermoso y sosegado del valle del Jamuz.

    La bicicleta me la ha prestado una amiga de Avelina, Visitación, aquí en el  pueblo la Visi, por lo tanto podríamos decir que lo que me ha prestado ha sido una visicleta.

   Monto en la visicleta sin disfrazarme de ciclista, una camiseta de algodón muy usada y una camisa y pantalón de tela ligera, las zapatillas atadas y el casco por precaución y por miedo a las multas de la Benemérita, sujeto mis pantalones abajo con unos aros de aluminio para que no se enganchen en los pedales. No me gusta asustar al paisaje con vestimenta de colores chillones prefiero armonizar con él, este paisaje leonés tiene ropajes antiguos, austeros que han permanecido con muy pocos cambios durante siglos.

   Recorro las carreteras comarcales a veces silbando, saludando, como debe ser, a los lugareños que ya deben tener por costumbre verme pasar de camino a los pueblos cercanos, a Quintana y Congosto, Palacios de Jamuz, Quintanilla de Flórez, Torneros de Jamuz o Tabuyuelo, lentamente, disfrutando de todo lo que veo: el arbolado con lo que en estas tierras llaman negrillos y paleras, encinas, robles y chopos; con los pajarillos: gorriones claro pero también abubillas, carboneros, vencejos y golondrinas; me gustan los olores a yerbas aromáticas, a alfalfa recién cortada que yo creo que se aprecian mucho mejor con el ritmo pausado de la visicleta… En eso de la rapidez difiero de lo que proponía mi admirado Italo Calvino en sus Seis propuestas para el próximo milenio, yo no admiro la velocidad y tampoco creo ser más productivo si voy rápido, aunque Don Italo se refería, pienso yo, más bien a la velocidad en la narración que no en los paseos.

    El ritmo de paso de las imágenes cuando vas en visicleta te permite verlas en toda su dimensión y con toda su escenografía te incitan a pararte, a bajar de la visicleta y observarlas atentamente y cuando lo crees necesario a sacar tu móvil de la mochila y hacer algunas fotografías que reforzarán tus recuerdos.

    Puedes coger unos juncos para luego colocarlos en un jarrón o florero. Es un placer oír saltar a las ranas cuando pasas y oír a una tras otra ¡chof! cuando caen en el agua y recuerdas entonces el haiku de Matsuo Bashõ que tanto te gusta: “Un viejo estanque/se zambulle una rana/ruido en el agua.” 

    El ritual que he establecido me permite aliviar mi sed en la fuente de Quintanilla de Flórez, aún en lo más tórrido del verano el agua es fresca, recuerda la frescura de aquella frase de Cervantes: “bebí un vidrio de agua fresca”, yo bebo directamente de mis manos que también agradecen el frescor del agua para compensar la fatiga de sujetar el manillar de la visicleta.

    A la vuelta ya aprieta más el calor pero en la visicleta se nota menos, el aire que produces al desplazarte aminora el calor y te refresca.

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