En cualquier edad y situación he querido vivir una vida digna en lo material, emocional y relacional. Un deseo condicionado por la interdependencia de nuestra especie ante las necesidades de distinto tipo e intensidad, todavía más a nuestra edad según las expectativas de envejecimiento y la vulnerabilidad de nuestros cuerpos.

El acceso de la mujer al trabajo fuera de casa ha significado la desestabilización del tradicional modelo de distribución de responsabilidad para el sostenimiento de la vida. Ojalá ante la toma de conciencia del valor del cuidado vayamos hacia un nuevo “pacto o contrato social” por el que todos nos corresponsabilicemos de los cuidados mutuos y de los más vulnerables, dignificando ese papel y socializándolo.      En la nueva etapa queremos seguir con nuestro crecimiento personal, seguir teniendo nuevas motivaciones, interaccionar con los demás, es decir, un envejecimiento activo mientras sea posible. Hay alternativas que podemos tomar. Alternativas que mejoran cuando se abordan de forma intencional, desde la autogestión, con la capacidad cuidadora hacia los demás y la capacidad de resiliencia y aceptación de la crisis de nuestros cuerpos.  

  •  Los alojamientos colaborativos de mayores. A los que se incorporan desde una visión a más largo plazo, bajo un compromiso personal y una gestión colectiva. 
  • Las propias viviendas. En las que se requiere el seguimiento familiar, y de la red vecinal, de los cuidados propios o contratados.
  • Las residencias. Una opción ante la soledad sobrevenida y cuando la autonomía está deteriorada.

     Las Crisálidas somos un colectivo que ha optado por las viviendas colaborativas, y, para hacer una propuesta de qué cuidados y cómo gestionarlos se ha creado la Comisión Sectorial de Cuidados y Dependencia. Un trabajo importantísimo desde el principio del Proyecto y durante todo su desarrollo.

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