Somos muchas las personas que llegadas a una edad tenemos que enfrentarnos con una realidad que a veces nos resulta compleja y que nos suele causar daños emocionales severos. Se trata de asumir que alguien de nuestro entorno próximo, generalmente el padre o la madre, no es capaz de valerse por sí misma y que debemos empezar a tomar decisiones de cómo afrontar la situación. Cuando te proyectas un poco más allá en el tiempo y te ves a ti mismo en esa situación querríamos tenerlo ya previsto, e incluso decimos que no querríamos molestar a nuestros hijos o amigos y solemos soltar alguna solución poco definida del tipo “…a mí me lleváis donde sea”. Es una idea creciente y que nos lleva muchas horas de conversación en los grupos de amigos.      

Creo que debe ser una decisión nuestra, y no de otras personas de nuestro entorno, los que vayamos tomando las riendas de nuestras vidas según vaya evolucionando nuestra salud.      

Seguro que hemos tenido experiencias cercanas en las que hemos tenido que tomar decisiones por otras personas sobre los cuidados que necesitaban, algo que resulta difícil de abordar y para lo que habitualmente no estamos preparados y que genera un gran malestar psicológico para todas las personas implicadas.      

Si bien todos queremos estar en nuestra casa el mayor tiempo posible, y muchas de los servicios del catálogo que las administraciones públicas ponen a nuestro alcance van encaminados a ello, lo que más nos preocupa es el momento en que nos podamos convertir en grandes dependientes y necesitemos de una asistencia continuada que en la vivienda no se puede prestar. Es en ese momento en el que se recurre a una residencia, si es que nos la podemos pagar o si se nos adjudica una plaza pública o concertada.      

Desde hace unos años se están buscando nuevas alternativas convivenciales que tratan de alejarse de la idea que tenemos de las residencias de mayores, aunque de momento las administraciones no parecen interesadas en su desarrollo y todavía no tienen un buen encaje en la normativa existente. Hasta ahora parecen reproducir las líneas generales de las residencias existentes, instalaciones grandes con servicios compartidos pero con un diseño y una gestión más participativa y colaborativa entre los residentes.      Actualmente, aprovechando los fondos Next Generation, se proponen en toda España, y en Aragón también, algunas inversiones en residencias para reformarlas y poder ofrecer unidades convivenciales de unas 15 personas, habitaciones en su mayoría individuales y con espacio para acoger visitas, edificios sin pasillo, etc. Todas las medidas encaminadas a que se parezca más al hogar y no a una gran institución.      

Pero la realidad es que la mayoría de las residencias son centros de entre 50 y 200 personas, muy grandes. Muy pocas son 100% públicas ya que habitualmente se cede la gestión a una empresa privada o una fundación. Aunque se habla de ir a modelos más reducidos habrá que ir viendo en los próximos años cómo se van incorporando a la oferta de plazas y cuáles son sus costes reales y la calidad de la atención recibida. Los criterios utilizados en los últimos años para adjudicar las plazas concertadas y públicas han llenado las residencias de grandes dependientes, lo que imposibilita en la práctica que la experiencia vital en las residencias vaya más allá de los cuidados.      

Los precios medios de la oferta actual van de los 1400€ en el medio rural y periferia de ciudades a 1800-2000€ en la ciudad, aunque existen ofertas más baratas y mucho más caras. A estos precios hay que añadir los servicios extras y algunas terapias de refuerzo si el usuario o el familiar lo consideran necesario. Las condiciones laborales son precarias y la rotación es muy elevada, sobre todo en las privadas.    

 La administración aragonesa viene prometiendo la revisión del Decreto 111/92 que regula las residencias, para mejorar los índices de personal necesario, las condiciones laborales de las trabajadoras, las inspecciones, la evaluación de resultados de calidad, etc. Sí que se acaba de anunciar una propuesta para facilitar que todos los centros residenciales, centros de día o instalaciones que están prestando servicios sólo a sus usuarios, puedan prestar servicios a la comunidad, como comida a domicilio, lavandería, gimnasio, etc. El objetivo es que las personas dependientes que quieran permanecer en sus domicilios puedan recibir apoyo de estos centros que se encuentran en su entorno próximo. Sin duda es una buena iniciativa que permitirá rentabilizar mejor los recursos existentes ya que hasta ahora son centros que no tienen casi relación con la comunidad en la que se encuentran.      

Los nuevos modelos de convivencia que algunos colectivos están tratando de diseñar y poner en marcha son claramente una alternativa eficiente, aunque no al alcance de todo el mundo, para un envejecimiento activo y de calidad de personas mayores válidas o con dependencia moderada. Para los grados de dependencia severa y grande habrá que seguir contando con ayudas públicas importantes o sólo serán accesibles para personas con alto poder adquisitivo.    

Creo que es importante manejar un mismo lenguaje para poder debatir y entender bien qué significa la dependencia. En la Ley 39/2006 de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las personas en situación de dependencia, de ámbito estatal, se incluyen los conceptos básicos que nos pueden ayudar a entender mejor de qué estamos hablando.

Jesús Maestro
Comisión Personas Mayores FABZ

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