¿Qué cuidados quiero?

En cualquier edad y situación he querido vivir una vida digna en lo material, emocional y relacional. Un deseo condicionado por la interdependencia de nuestra especie ante las necesidades de distinto tipo e intensidad, todavía más a nuestra edad según las expectativas de envejecimiento y la vulnerabilidad de nuestros cuerpos.

El acceso de la mujer al trabajo fuera de casa ha significado la desestabilización del tradicional modelo de distribución de responsabilidad para el sostenimiento de la vida. Ojalá ante la toma de conciencia del valor del cuidado vayamos hacia un nuevo “pacto o contrato social” por el que todos nos corresponsabilicemos de los cuidados mutuos y de los más vulnerables, dignificando ese papel y socializándolo.      En la nueva etapa queremos seguir con nuestro crecimiento personal, seguir teniendo nuevas motivaciones, interaccionar con los demás, es decir, un envejecimiento activo mientras sea posible. Hay alternativas que podemos tomar. Alternativas que mejoran cuando se abordan de forma intencional, desde la autogestión, con la capacidad cuidadora hacia los demás y la capacidad de resiliencia y aceptación de la crisis de nuestros cuerpos.  

  •  Los alojamientos colaborativos de mayores. A los que se incorporan desde una visión a más largo plazo, bajo un compromiso personal y una gestión colectiva. 
  • Las propias viviendas. En las que se requiere el seguimiento familiar, y de la red vecinal, de los cuidados propios o contratados.
  • Las residencias. Una opción ante la soledad sobrevenida y cuando la autonomía está deteriorada.

     Las Crisálidas somos un colectivo que ha optado por las viviendas colaborativas, y, para hacer una propuesta de qué cuidados y cómo gestionarlos se ha creado la Comisión Sectorial de Cuidados y Dependencia. Un trabajo importantísimo desde el principio del Proyecto y durante todo su desarrollo.

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Un domingo en Tarazona – El huerto de Ángela

Fue y no fue una excursión más en la que vamos conociéndonos y aprendiendo a querernos, que ya es mucho.  

 Disfrutamos y conocimos más a Ángela, ya que es transparente y comparte sus experiencias y conocimientos, ¡es muy generosa!

    Le gusta vivir en la naturaleza con lo más básico, aunque su hijo la atrae hacia Zaragoza.

    Prenda, ¡qué cariñosa eres! Sería esto lo que dio ese gran sabor a la caldereta que nos comimos.

    El huerto ofrecía, de forma natural, sus frutos, lo mismo que Ángela. Y Tarazona fue el otro escenario, su catedral, casco histórico y rincones con encanto.

    Nos volvimos muy satisfechos.

    ¿Qué hay que hacer para que todos confluyamos en ese bienestar? Seguro que se trata de nuestro Proyecto que ha reunido a buena gente.

Mi identificación con «Nomadland»

“Nomadland” película de la directora Chloé Zhao. 2020

Fernd (Frances McDormand) ante la muerte de su pareja y el cierre de la explotación minera que daba vida a su pueblo, en Nevada , se marcha en su furgoneta, y se convierte en una nómada moderna. Un modelo de vida con el que podemos, o no, identificarnos, en otro contexto, el de una comunidad de viviendas para el apoyo mutuo.

    Como Fernd algunas buscamos una experiencia de vida, un aprendizaje de la convivencia con otros, una salida digna a nuestras cada vez mayores necesidades, una fuerza ilusionante para mantenernos, etc.

    La protagonista inicia un proceso de deconstrucción de su persona e imagen, lleva consigo solo lo necesario para vivir, encuentra unas relaciones humanas únicas con sentimientos de comunidad en un mundo individualista, conecta con su lugar en la naturaleza, y consigue un sentimiento de dignidad para enfrentarse a lo que esté por venir.

    Un canto humanista de gente que puede que ya no se le considere productiva en nuestra sociedad pero que todavía tiene mucho que sentir.

Alicia Aliaga

Cuál fue el escenario elegido para el primer encuentro grupal fuera de nuestro entorno

   Nuestro primer objetivo no era un viaje de entretenimiento “per se”, sino de comunicación y crecimiento personal y grupal.      

Se buscaban beneficios para el grupo de Las Crisálidas: una rica oportunidad de intercambio y relación humana, una experiencia grupal que generase cohesión y nos permitiese elevar la estima de cada uno facilitándonos el abrirnos a los otros.    

 Se buscó un lugar que facilitase ese encuentro, un lugar rodeado de parajes naturales que fuesen escenario de nuestra relación interpersonal, grupal, y con el medio. En esta ocasión no pudo ser Orihuela del Tremedal, y una segunda opción fue acertada, un pueblo de la Confederación Hidrográfica del Ebro rehabilitado por CC.OO. para Centro de Vacaciones en el mismo Pirineo, Morillo de Tou (Aínsa).      

Los elementos propiciaron nuestros objetivos: un lugar recogido, sin muchas distracciones, en contacto con la naturaleza, el silencio, el agua, y próximo a parajes de alto valor paisajístico: el río Vero en la Sierra de Guara, las sendas horadadas en las paredes verticales del Estrecho del Entremón, el Circo de Pineta y las panorámicas pirenaicas desde el mirador de Tella. Paseamos por poblaciones históricas que han pasado por intensos procesos de rehabilitación: Alquézar, Aínsa, Bielsa, Ligüerre de Cinca y Morillo de Tou.      

Hasta la gastronomía local, y la no tan local, nos hizo honor, con buenos productos como el jabalí y la degustación de los vinos del Somontano en Bodegas del Somontano (Enate).      

Hemos tenido descanso reparador, actividad física al aire libre, buenos alimentos, pequeñas dosis de reflexión intelectual y ratos de creatividad, juego y expresión corporal.      

El lugar ha influido en nuestras emociones y en favorecer un comportamiento comunitario. Nos hemos identificado con el espacio tanto para disfrutarlo como para cuidarlo de forma responsable.    

 En Morillo de Tou conocimos de su inicio “utópico”, de su experiencia, del trabajo colectivo y solidario de una Organización para la recuperación de unas infraestructuras, las brigadas de trabajo, y de sus proyectos sociales y económicos como las Escuelas Taller, turismo social, colonias, etc.. Cómo en Morillo de Tou, piedra a piedra, metro a metro, con las aportaciones de cada uno de nosotros, con el trabajo del equipo de Las Crisálidas, vamos a conseguir hacer realidad un proyecto integral de convivencia y cuidados mutuos

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Después de los 50 años. Un plan para la última etapa de nuestra vida

Si tienes más de 50 años ya puedes “invertir tiempo” en otro Plan de Vida.   

Durante la juventud los estudios te preparan para la edad adulta y profesional, antes de la jubilación debería iniciarse otra etapa de aprendizaje si queremos ser personas idóneas para formar parte de comunidades de convivencia senior.   

Es un aprendizaje distinto, quizá más parecido al de la niñez, aunque fuera de la familia, con un grupo de convivencia intencional.   

Aprendemos: 

  •    A conocer a gente que quiere lo mismo
  •    A dialogar sobre nuestros sueños, y a crear uno común
  •    A participar y trabajar en equipo por ese sueño
  •    A convivir con amigos a partir del respeto, el cariño, la tolerancia y la ayuda  mutua.
  •    A convivir con menos cosas y devolver al planeta lo que nos presta: aire limpio, agua potable y tierra natural
  •    A convivir con capacidades sensoriales menores, incluso de forma más dependiente, pero con una gran experiencia que sirve al proyecto.
  •    A prepararse a aceptar las pérdidas y a no temer a la muerte
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Disfrutaremos de lo rural de forma comunitaria

    Algunas de nuestras infancias transcurrieron en un pueblo, en un entorno natural, y, tras otras experiencias vitales en la ciudad, algunos queremos volver a sentir, de nuevo, la sensación de formar parte de un trozo de tierra, de naturaleza.
    Vamos a estar muy cerca de la ciudad donde tenemos ahora nuestro hogar, pero en el mundo rural donde nos rodea la naturaleza. En un equilibrio entre los servicios que nos ofrece la ciudad y el disfrute de los beneficios saludables del campo.
    Invertiremos el ahorro de nuestro trabajo en algún agradable terreno, y, empezaremos a poner los cimientos, las paredes y el techo de nuestra residencia. Un proyecto que seguiremos día a día con gran ilusión y atención. Será una construcción integrada en su entorno, y la única huella de su presencia será la de los hombres y mujeres que allí vivamos, los que procuraremos integrarnos en los proyectos sociales del barrio o pueblo. Intercambiaremos saberes, actividades y emociones con nuestros vecinos, que tan cerca de nuestra vida van a estar. Saludaremos en la calle al médico, a los vecinos, también a los maestros, para los que seremos una referencia de convivencia. Todos nos conoceremos.
    Nuestros sentidos se potencian cuando el entorno no es artificial, tiene vida. Nuestros ojos descansan con los contornos suaves, los colores de la tierra y los diferentes verdes de la vegetación; los oídos se recrean cuando nos llega el rumor lejano de un río, y su susurro o estruendo cuando está cerca, el sonido de los grillos; y olemos al verde, a romero, a tierra mojada.
    El fluir de los días será vivo y placentero.

    En el huerto comunitario, desde luego que haremos ejercicio y es cansado, las manos de muchos descansarán al otro, pero, compensa tanto la satisfacción de ofrecer alimentos sanos y sabrosos.
    Hay mil caminos por descubrir, sendas y andurriales que nos mostrarán diferentes rincones naturales donde disfrutar de una panorámica, la sombra de un árbol o una tierra trabajada.
    Hemos vivido en casas grandes de pueblo, con sus escaleras, su jardín, sus muchos espacios. Juntos vamos a querer compartir convivencia y casa, volver a tener muchas experiencias que den sentido a esta nueva etapa de nuestra vida. Nuestros hijos y familia se acercarán a este pequeño universo a pasar ratos con nosotras, espacio que también a ellos les ofrecerá momentos diferentes de los cotidianos en la ciudad.
    A la ciudad nos acercaremos en el tren o autobús de cercanía, a menudo, al principio, a ver a la familia, al cine, una exposición, etc. pasado el tiempo vamos por obligación, a los médicos, a gestiones personales, nos va a costar dejar nuestra actividad, nuestra residencia, en fin la tranquilidad que nos gusta.

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Alicia Aliaga Traín

Bajo con otros cuatro jóvenes, en un cuatro latas, de una excursión por el Pirineo, vamos cantando la melodía de la película de  Amarcord.  Qué buen recuerdo!

Los viajes a lugares naturales son una válvula de escape a la vida urbana.

Paso la infancia en Muel, dónde nazco, dónde los chicos y chicas exploramos cada rincón del entorno que nos ofrece novedad o misterio.

El huerto familiar es otro gran recuerdo de vivencias felices.

Me licencio en Geografía, en el estudio del medio que nos rodea.

En la búsqueda del primer empleo se me cruza el Ayuntamiento de Zaragoza que saca a oposición las primeras plazas de técnicas socioculturales. Toda mi vida profesional está relacionada con la dinamización de  los equipamientos socioculturales de proximidad en los barrios. Cercana a mi jubilación, espero haber facilitado la realización de proyectos a la ciudadanía.

No puedo rechazar una experiencia de dos años en la montaña, como brigada voluntaria en la reconstrucción de Morillo de Tou, y como responsable de su Escuela de Guías de Montaña. Qué experiencias más intensas!

Cumplo mi sueño de rehabilitar la casa de mis abuelos en el pueblo, y vivo en ella durante los años en que mis hijos van a la escuela. Los estudios de éstos y mi trabajo me hacen retornar a Zaragoza, pero los veranos los disfrutamos en el pueblo.

Ahora se reduce mi círculo, por cuidados y confinamiento, apenas tengo posibilidad de  respirar el aire sano del campo. Por ello abro, a menudo, una ventana virtual a diferentes parajes naturales.  Mi proyección social ha sido muy amplia: la Asamblea Ecologista, el sindicato, IU, la Tertulia Albada, la Asociación de Protección del Patrimonio Cultural y Natural, Greenpeace y, en estos días, activa en la Red de Cuidados de las Delicias, y en tejer lazos con amigos de Las Crisálidas con los que quiero compartir  futuras vivencias vitales.