Taller sobre estatutos de la Asociación

  La asamblea general convocada para el 10 de junio tuvo como preámbulo unos debates presenciales y virtuales que concluyeron en la necesidad de transformar la asamblea decisoria en taller participativo para debatir dos propuestas de estatutos que presentaban algunas diferencias de concepto.

   Se pudieron escuchar las opiniones de todas las personas asistentes y se constató el deseo mayoritario de que se acercasen posturas para lograr una propuesta unificada. Para ello, se incorporan algunas personas más al grupo que está preparando la ponencia de estatutos, el cual reiniciará sus reuniones después de las jornadas de convivencia de Morillo de Tou.    Después de la larga pero fructífera sesión, unas cañas en una terraza nos confirmaron que la ilusión y el compañerismo siguen muy vivos en Las Crisálidas.

Tenemos que hablar (y bailar)

Me hicieron creer que los que somos altos y fuimos jóvenes desgalichados no tenemos gracia para bailar. No he tenido oportunidad de desmentirlo, así que yo soy más de hablar.   

Tenemos que hablar, sí. Mucho. Diréis que ya hemos hablado, que llevamos bastante tiempo dándole vueltas a nuestro proyecto. Es cierto, pero también es verdad que la comunicación ha sido mediada por la tecnología, fragmentada en grupos y recompuesta después. Ha habido acercamientos y tal vez alejamientos, paseos, confidencias, cervezas y cafés. Hemos hecho lo que hemos podido, dadas las circunstancias. Y lo hemos hecho razonablemente bien..  

Pero se abre una nueva etapa. Cabe esperar que la vacunación consiga doblegar la pandemia y podamos vernos cara a cara y que nuestra conversación empiece a concretarse en acuerdos firmes sobre los que edificar nuestra futura convivencia. Estamos concluyendo nuestra primera fase de formación y talleres de debate. Nos enfrentamos ahora al momento crucial de constituirnos en una cooperativa que, llegado el momento, pueda firmar la escritura de propiedad de un solar donde ubicarnos.  

A esa cooperativa nos uniremos aquellos que compartamos una idea de convivencia que deberá estar previamente plasmada en unos estatutos y una normativa de régimen interno. Para su redacción partiremos de lo trabajado hasta ahora y continuaremos contando con ayuda externa, si así se decide, pero el debate y las decisiones son nuestras.  

Tenemos que hablar, pues, y para ello proponemos la realización de lo que podríamos llamar tertulias-café y jornadas de convivencia (como la prevista en Morillo de Tou) en las que, de forma presencial y voluntaria, charlemos distendidamente sobre los temas que nos preocupan. Charlas y debates que solo tienen el objetivo de servir de base para la redacción de los proyectos de estatutos y reglamentos, los cuales tendremos que aprobar en la asamblea constituyente de la cooperativa.  

Que nadie tema, por tanto, que estos debates suplanten la decisión soberana de la asamblea. Y tampoco se sientan relegados quienes no puedan o, por precaución sanitaria, no quieran asistir a estas charlas. En todas ellas estaremos abiertos a la participación a través de nuestro boletín, de la web y, si es necesario, por correo electrónico o cualquier otro medio. Nadie debe quedarse al margen de la discusión, ni mucho menos de las decisiones vinculantes.

¿Y bailar? De mí no esperéis mucho más que un leve movimiento del pie al compás de la música mientras tomo un gin-tonic. Diréis que bailar sentado no es bailar y tendréis razón, pero en mi defensa quiero proponer el baile en un sentido más amplio. Bailar como todo aquello que no tiene que ver con la palabra. Bailar como risa, como guiño, como caricia. Abrazarse aunque no haya música. Comer, beber, pasear en silencio o diciendo tonterías. Danzar, vivir.

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Juntos paso a paso

Hoy hemos sido entrevistados en el programa «Juntos paso a paso», de Radio Nacional de España, dirigido por Juan Fernández Vegue. Con nosotros ha estado Miguel Ángel Mira, de Cohabita Rivas, un proyecto de vivienda colaborativa que comparte características con el nuestro pero con la ventaja de que está respaldado por el Ayuntamiento de Rivas Vaciamadrid, el cual cederá suelo dotacional mediante concurso público. Podéis conocer su proyecto aquí y en la página https://emvrivas.com/cohabita-rivas/.

Esperamos con interés la publicación del pliego de condiciones de Rivas Vaciamadrid, el cual puede sentar un precedente importante para dar impulso al modelo de vivienda colaborativa sobre suelo público dotacional.

Aquí se puede escuchar la entrevista:

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Con la Vicealcaldesa de Zaragoza

Hoy hemos tenido entrevista con Sara Fernández, Vicealcaldesa de Zaragoza, acompañada de su asesor. Hemos presentado nuestro proyecto y expuesto nuestras dificultades para conseguir suelo en Zaragoza y sus barrios rurales. Van a estudiar las distintas opciones, conjuntamente con la Consejería de Urbanismo del Ayuntamiento.

Estamos seguros de que esta visita constituye el inicio de una provechosa colaboración y les quedamos muy agradecidos por su interés y amabilidad.

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¿Qué nos constituye como comunidad?

Podríamos responder, a bote pronto, que nos une el deseo de tener una etapa de envejecimiento activo, rodeados de buenos vecinos y probables amigos, compatibilizando nuestro apartamento privado con espacios y actividades comunitarias y teniendo prevista la atención necesaria en caso de sobrevenirnos algún tipo de dependencia, física o cognitiva.
    Hasta aquí, probablemente todos estemos de acuerdo. Para unos esto se concretaría mejor en una especie de apartotel de nueve plantas con todos los servicios de hostelería, mientras que otros incidirán más en el aspecto asistencial y preferirían que tuviéramos los servicios de una residencia geriátrica concertada. También hay muchos, quizás una mayoría, partidarios de una comunidad que, sin excluir el aspecto asistencial, esté más centrada en un presente activo, con poco personal contratado y donde prevalezca el cariño y el apoyo mutuo.
    Para unos seríamos como una comunidad de vecinos al uso: nos iremos conociendo y «haremos migas» con algunos y tendremos una relación cordial con otros. Y si, como es estadísticamente probable, existiera el clásico vecino incordio, lo soportaríamos con paciencia benedictina. Para otros, entre los que me incluyo, la nuestra debería ser lo que se llama una «comunidad intencional», es decir, un grupo de personas que comparten el deseo de vivir juntos porque les une una visión del mundo y unos valores compartidos.
    Cuidado. Hablo de visión y de valores, no de ideología en el sentido fuerte de la palabra. No se trata de pedir un carné de partido, ni de preguntar a quién se vota. Se trata de saber si compartimos una forma de ser y de estar en el mundo. Es más un talante, una disposición y una voluntad, que una ideología o doctrina política. Es considerar si nos unen valores como la igualdad, la solidaridad, la protección de la naturaleza, el feminismo o la compasión activa frente a quienes llegan a nuestras fronteras buscando una vida digna. O si, por el contrario, creemos que la desigualdad es consustancial a la sociedad, que la pobreza es cosa de perdedores que no se han esforzado lo suficiente o que hay un dios que rige nuestro destino inamovible.
    En la definición arquitectónica de nuestro proyecto parece clara la distinción entre espacios privados y compartidos. Traducido a la convivencia, el reto es combinar una amplia libertad individual con el cumplimiento de las normas que se dé la comunidad para conseguir sus objetivos de cuidado mutuo.
    Son estos temas a debatir con calma y sosiego, para lo que sería deseable celebrar varios encuentros presenciales no decisorios en los que cada uno, poco a poco, vaya percibiendo si se identifica con el sentir mayoritario o si se manifiestan tendencias incompatibles que pueden dar lugar a distintos proyectos. Somos un grupo pequeño y no son deseables las escisiones, lo ideal es que sigamos unidos en torno a un solo proyecto. Pero también es cierto que no se puede mezclar el agua y el aceite.
    Definir de antemano los valores de nuestra comunidad no nos evitará los conflictos, pero una base sólida de empatía y afinidad nos permitirá resolverlos con más facilidad.

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Alfredo Pérez

El mejor administrativo del mundo

Tengo un amigo que ganó un premio al mejor soldador. Ignoro si existe un concurso de administrativos pero estoy seguro de que, si lo hubiera, yo ganaría el premio nacional y me situaría entre los favoritos del internacional. Y esto no es presunción ni vanidad: es la constatación de mi fracaso.

Porque ¿qué niño, cuando le preguntan qué quiere ser de mayor, responde que quiere ser oficinista? Yo no, desde luego. Primero quise ser inventor, cuando un esquema del motor eléctrico me hacía concebir helicópteros y una caña me servía para atrapar moscas. Pero un maestro nacional y falangista ofreció a mis padres la posibilidad de enseñarme contabilidad o, como entonces también se llamaba, «teneduría de libros». Cara al sol y ante montañas nevadas aprendí los misterios del debe y el haber, de los libros diario y mayor pero, sobre todo, aprendí a escribir con letra redondilla.

Y fue este maestro el que dio a mis padres el consejo definitivo: «este chico es muy listo, que no estudie».

Así quedó marcado mi destino. Mi ingenio para inventar chorradas y mi memoria para recordar los ríos de España me habían etiquetado como «muy listo» y eso me abría las puertas a ser director de sucursal de la Caja de Ahorros sin pasar por la universidad ni zarandajas por el estilo.

A los catorce años fui trasplantado a Zaragoza y empecé mi fulgurante carrera como mandan los cánones de la superación personal: desde abajo, como chico de los recados.

Con uno de mis nuevos amigos de la ciudad, en una tarde de borrachera, nos confesamos nuestra timidez y tomamos una decisión heroica: presentarnos a la recién creada Escuela Municipal de Arte Dramático para ser… actores.

Así empezó mi disonancia cognitiva: el que despuntaba cualidades para ser el mejor administrativo del mundo quería ser… actor. Pero el pánico escénico me fue disuadiendo tras lo que me parecieron amenazas de infarto. Derivé mis anhelos hacia la creación literaria y tuve el honor de pertenecer a algunos grupillos de letraheridos, siempre en calidad de autor sin obra.

Mientras acariciaba la bohemia, compatibilizaba mi promoción empresarial con reivindicaciones sindicales, lo que constituía otra más de mis disonancias cognitivas. Fueron épocas de neuras de las que me salvó conocer a María, marcharnos a Amsterdam y Londres, correr delante de los grises —ese tópico inevitable de la época—, coquetear con gurús y hacer variadas tonterías más. Hasta que decidimos tener un hijo: Alejandro, nuestra mejor obra.

Su nacimiento coincidió con mi despido. Una venta empresarial nos hizo prescindibles a todos los administrativos. Experimenté aquello como una oportunidad. Aunque me impliqué en la crianza de nuestro hijo más de lo habitual en los padres de la época, tuve tiempo para dirigir un cortometraje tan mal grabado que tuvieron que pasar veinte años para que la tecnología permitiese hacer una edición chapucera.

Busqué otra salida. Era mi oportunidad de pisar la universidad, ese templo de sabiduría y activismo que había añorado en mi juventud. Sabiduría encontré poca y las conversaciones no giraban ya en torno a Trotski, sino a la temporada del Real Zaragoza.

Con mi diploma recién obtenido, oposité a algunas plazas de trabajador social, cosechando algunos más de mis apreciados fracasos. Así, agotadas las últimas prestaciones, firmé mi rendición y busqué trabajo… de administrativo.

Oposité a auxiliar de la Universidad de Zaragoza y aprobé —¿alguien lo dudaba?— con el número uno. Allí me esforcé en hacer de mi trabajo algo creativo y eficaz, no en vano había empezado mi carrera profesional en una gestoría bregando con los funcionarios y no quería ser uno de aquellos lentos hipopótamos.

Cuando tuve la oportunidad de jubilarme pensé que aquel era el momento de realizar algunos de mis sueños. Me volqué en el estudio de los temas que me interesan y en la creación literaria y en ello sigo, a veces hasta traicionando mi trayectoria con pequeños éxitos.

Pero mientras tanto hay que pensar en el otoño —otro tópico inevitable— y procurar que sea dorado y luminoso, bien regado de conversaciones y abrazos con las bellas gentes que voy conociendo en Las Crisálidas.

A vosotras dedico las artes del mejor administrativo del mundo.

Asamblea sobre ¿dónde queremos vivir?

Después de mucho tiempo, el sábado 13 de marzo nos atrevimos a realizar una reunión presencial, al aire libre y con todas las medidas de seguridad. Basándonos en una encuesta reciente entre los socios, fuimos analizando y debatiendo las distintas opciones sobre Dónde queremos vivir:  ubicación, entorno social, número de unidades habitacionales, tipo de edificio, condiciones y costes de la vivienda, servicios que debe tener y con quién, cómo y qué queremos compartir.
Una sesión muy interesante, dirigida por Pablo Muñoz y Gerardo Molpeceres, de La Replazeta, por medio de la cual vamos trabajando en la definición de nuestro proyecto. Todavía quedan muchas cosas que afinar y debatir, pero seguimos avanzando ilusionados.

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Con el Grupo Parlamentario Socialista

Hoy nos hemos entrevistado con el Grupo Parlamentario Socialista en las Cortes de Aragón. Nos ha atendido el diputado Fernando Sabés, quien se ha mostrado muy interesado en profundizar en el conocimiento del modelo de vivienda colaborativa y nos ha ofrecido todo su apoyo para que las futuras leyes de vivienda y cooperativas faciliten la implantación de proyectos como el nuestro. 
Una entrevista muy amena y provechosa, por la que le estamos muy agradecidos
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Con la Consejera de Ciudadanía

Hoy nos hemos entrevistado con Mariví Broto, Consejera de Ciudadanía y Derechos Sociales del Gobierno de Aragón. Le hemos expuesto nuestro proyecto, con cuyos planteamientos se identifica plenamente, y ha mostrado su buena disposición a incluir los ‘cohousing senior’ como centros acreditados para la prestación de servicios sociosanitarios a sus miembros.Ha sido una charla muy interesante y productiva, por la que le quedamos muy agradecidos.

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