Una de bolas y otra de bravas

[10 de abril de 2022, 11:30]

  Y de nuevo petanqueamos.      

El día 10 jugamos un nuevo partido de petanca. Algunas jugadoras veteranas no podían, pero seguimos sumando efectivos. Vamos afinando puntería y desarrollando nuevas argucias para descabalar al contrario. Siempre con buena intención, claro.

Luego, cañas y bravas. Y, como no podía faltar, charleta sobre el proyecto. Afirmaciones, dudas y comentarios. Propuestas y deseos.
    ¿Me lo parece a mí o cada vez es más corto el tiempo de la partida y más largo el del vermú?  

El sueño del tiempo

 El sueño del tiempo trata uno de los temas fundamentales para el ser humano: el envejecimiento y la longevidad.      

Desde tiempos inmemoriales se probaron métodos para alargar la vida o acercarse a la inmortalidad. No hace falta conseguir el Santo Grial: remedios de lo más variopinto han hecho creer a hombres y mujeres que su vida sería más larga. Del cuerno de unicornio azul a las lágrimas de ninfa, de la sangre de dragón vegetariano al polvo de zafiro disuelto en zumo de melocotón, la fantasía humana ha ideado a lo largo de su historia todo tipo de brebajes para evitar la vejez.      

El libro tiene como base un estudio histórico científico cuántico del tiempo y la evolución del deseo de pervivir a través de la historia. El cuerpo del libro es el análisis científico de por qué el cuerpo envejece. El aroma es la esperanza, consejos y expectativas.      

Nuestro tiempo biológico vive en nosotros, es el tiempo de nuestra vida. Nosotros vivimos en el tiempo del mundo. Nuestros relojes internos tienen distintos cronómetros y diferentes amplitudes. Por eso, si tenemos suerte y tenemos el tiempo suficiente (bastante vida), nuestros relojes internos se desajustarán, perderán sincronicidad, y nuestro tiempo ya no irá parejo con el tiempo cronológico.      

Nuestro cuerpo es un microbiota, un ecosistema mucho más complejo que la selva amazónica. Células progenitoras, senescentes, telómeros, encimas y proteínas de nombres impronunciables, genomas y epigenomas, ciclos circadianos, cortocircuitos en las comunicaciones intercelulares, factores sistémicos reguladores del envejecimiento… claves del envejecimiento analizadas y descritas a microscopio.      

Con total aridez. Las combinaciones que se den en nuestro genoma harán que envejezcamos a un ritmo u otro.        

Pero la ciencia avanza a ritmos acelerados. Millonarios de todo el mundo patrocinan ensayos para conseguir resultados que puedan retrasar su propio envejecimiento. Y nos preguntamos, si la ciencia ha adelantado tanto, ¿por qué no se utilizan los avances? ¿Serán sólo para ellos, los millonarios? Parece que se ha avanzado mucho en la investigación con ratones, pero los humanos no somos ratones, así que faltarán unos cuantos años hasta que se desarrollen los experimentos y el ser humano pueda disfrutar de ellos. Sí se están empleando para alargar la vida en ciertas enfermedades incurables, pero, al ser el cuerpo humano un mecanismo tan complejo, podemos mejorar una función pero dañar a otras. El estudio global que permitiría tratar todos los telómeros a la vez aún no se ha realizado.      

Tampoco los procedimientos que intentan provocar la inmortalidad, como la criogenización y similares dan muchas certezas de momento.      

Cuando ya nos hemos deprimido y creemos que todo es inevitable,el texto describe los productos químicos que nos perjudican (tóxicos) y que pueden ayudarnos (elixires de la longevidad). Consejos y recomendaciones. Quizás no conseguiremos vivir más años, pero sí vivir mejor hasta el final. Ejercicio físico, autofagia, vida social y activa, mantener el compás interno, ciclos de sueño. Dedicar tiempo al sueño es alargar el sueño del tiempo.

La inmortalidad no existe, el envejecimiento es inexorable. El sueño del tiempo es ralentizar el paso del tiempo, pero la vida es un reloj de arena que avanza imparable. ¿Habrá tiempo suficiente para vencer al tiempo?  

Tanto el serrablés Carlos López Otín como Guido Kroemer son biólogos moleculares, y la redacción del libro es fruto de sus investigaciones. El sueño del tiempo es un tratado científico que hay que leer a sorbitos.

Carlos López Otín y Guido Kroemer, El sueño del tiempo: un ensayo sobre las claves del envejecimiento y la longevidad, Paidós, 2020

Capital humano versus capital social

Hemos quedado las dos para tomar un café y ver si aclarábamos algunas ideas acerca del reparto de costes, que tanto preocupa, en general, al grupo.      

Conforme íbamos hablando, hemos visto que era mejor empezar separando el capital humano y el capital económico.      

El capital humano es lo esencial y valioso de nuestro proyecto. Lo que lo diferencia de otros semejantes propiciados por entidades privadas. Y este capital humano se mide por lo que las personas socias aportaremos a la cooperativa: nuestro esfuerzo y colaboración, ilusión, energía, ganas de vivir, ayuda, distintas capacidades… y, desde ese punto de vista, es mejor que no seamos todos singles o todos parejas. La variedad enriquece y abre posibilidades.      

Además de su valía individual, las parejas no sólo aportan número: cada uno de ellos juega un papel primordial en los primeros momentos del cuidado. A su vez, el grupo les abre una nueva etapa y les proporciona apertura, arropo y seguridad en un posible futuro con problemas de salud.

Pero somos human@s, y por supuesto nos preocupa lo material. Poder asumir los gastos con los que nos vamos a comprometer y no pasar una vejez de penuria.      

Pasamos al capital económico.      

Los esquemas en que nos basábamos desde el principio para el reparto de costes ya no valen, pues no vamos a ser una cooperativa de viviendas sino de consumo y servicios. El reparto no puede ser en su totalidad por unidades habitacionales, sino que algunos conceptos tendrán que ser por personas socias, pues seremos consumidores individuales los que los utilicemos.      

En el caso de la vivienda, sí coincidimos en un pago por unidad habitacional, que será proporcional al número de metros habitables, la usen 1 o 2 soci@s, pues en este caso siempre pasará a ser un espacio compartido.      

También se pagaría por unidad habitacional los espacios de tránsito: pasillos, ascensores, etc., pues éstos son proporcionales al número de viviendas que hay en el edificio, no a cuántas personas viven dentro de cada una de ellas.      

La disparidad está en los espacios comunes. Si consideramos que somos usuarios individuales, tanto las zonas comunes arquitectónicas: comedor, gimnasio etc., como el equipamiento y mobiliario: cocinas, lavadoras, mobiliario de comedor y zonas comunes, etc. deberían ser repartidos de forma alícuota entre todas las personas socias que los van a utilizar de forma individual.      

Hay quien dice que todo tendría que tener la capacidad como para que pudieran vivir dos personas en cada apartamento. Pero, según el tamaño de estos, es muy difícil que puedan entrar a vivir dos personas. Al igual que será muy bajo el porcentaje de los singles que se conviertan en familiares tras el ingreso en la cooperativa. En cualquier caso, una nueva persona socia tendría que cumplir con los compromisos económicos que se marquen en los Estatutos y el Reglamento de Régimen Interno.      

El reparto de los gastos de mantenimiento, servicios, etc, faltan años para que empecemos a asumirlos, ya se distribuirán en un futuro.      

Sabemos que este debate va a llegar, ¡y pronto! Creemos que tod@s queremos llegar a un acuerdo, pues no sería fácil la convivencia si alguien se siente “abusado” o injustamente tratado. Se supone que queremos pasar nuestra vida junt@s, envejecer y ser lo más felices posible. Por eso no es posible empezar guardando resquemores que enturbien y algún día salgan a relucir. Tenemos mucho por vivir.

Concha: Me encantaría que hubiera parejas de diferente índole.      

Pili: Y a mí vivir con singles con diferente bagaje.      

Nosotras, single y familiar, sabemos que podríamos ponernos de acuerdo ¿Y tú?

Pili Cordero y Concha Nasarre

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Participamos en la Cincomarzada

El 5 de marzo, junto a otros colectivos y asociaciones, Las Crisálidas participamos por primera vez en la Cincomarzada. Objetivo: dar a conocer nuestro proyecto y el modelo de alojamientos colaborativos en cesión de uso a la gente que paseaba por el Parque Tío Jorge, y, quizás, atraer nuevos socios y socias.

 Salió un día aceptablemente bueno para ser 5 de marzo: sin demasiado aire y con solecito.        

Habíamos preparado materiales de difusión: carteles, folletos; la infraestructura: mesa, etc. Y, sobre todo, habíamos puesto nuestra intención de estar allí.

Crisálidas y Crisálidos pasamos unas horas al aire libre hablando con la gente que se nos acercaba, acudiendo nosotr@s a quien nos parecía que podía ser nuestro   “usuario tipo”, explicando lo que creemos que es una buena forma de vivir una vejez activa… y, sobre todo, dando imagen de grupo, de colectivo que sabe trabajar coordinado, de gente con buen talante, simpática y que sabe lo que quiere. 

El balance yo diría que fue positivo. Dar a conocer aquello en lo que crees también lo afianza. Seguiremos.

De lugares soñados

  Hace unos años me regalaron el libro “Atlas de los lugares soñados”, de Dominique Lanni.      Recoge un buen número de lugares soñados a través de los tiempos por hombres y mujeres que proyectaban en esos lugares desconocidos su imaginario colectivo, sus deseos, temores y fantasías.      

Los mapas dejaban entrever las lagunas, las dudas, los interrogantes y las certezas de la humanidad. Delimitaban territorios, marcaban mares y ríos, dibujaban a los habitantes, y los relatos de los exploradores daban vida a esos nuevos mundos.    

Así, junto a mares y tierras conocidos, surgidos del océano o fruto de la imaginación aparecieron en diferentes puntos del globo y en épocas más o menos remotas regiones, islas, tierras y reinos envueltos en un aura misteriosa, rodeados de leyendas o totalmente soñados.    

 ¿Hasta dónde llega el borde del mundo? ¿Hasta dónde estamos dispuestos a ir?      

¿Dónde empieza Berberia? ¿Es comienzo o final?¿Hay transporte publico?      

Catay, Cipango y las Indias representaban el mundo fabuloso de Oriente, y despertaban las ilusiones de cartógrafos, mercaderes y viajeros. ¿Será Zaragoza? ¿Será un pueblo ribereño? ¿Habrá suficiente vegetación?¿Olerá a ricas especias o a granja?

Muchas de esas tierras tenían su mito o leyenda asociado: Troya, Citerea, el país de las amazonas. El Gihón, afluente de las Fuentes del Nilo, llevaba al paraíso. Durante siglos los exploradores arriesgaron vidas buscándolo. ¿Seremos felices allí?      

¿Podremos desarrollar nuestro proyecto? Cuando Marco Polo volvía, sus hombres sacaban de los dobladillos de sus ropajes perlas y piedras preciosas. El reino de Saba, el Dorado prometían riquezas sin fin. El ansia de gobernantes y mercaderes impulsaba nuevas expediciones. No importaban los peligros, las vidas perdidas ni los temibles monstruos.

Los viajeros esperaban encontrar su Ítaca, y ponían su empeño en llegar y perder las menos vidas posibles por el camino. Porque sabían que todos eran necesarios en la navegación y a la llegada, cuando realmente empezaba la aventura y el trabajo. Allí todos eran imprescindibles. Los beneficios vendrían luego.

A la vuelta, cada uno daba su visión. Todas con matices diferentes. La mente interpreta lo que el ojo ve, y una llanura puede ser un secarral, un paisaje arbolado una utopía, una montaña un obstáculo, una pared florida un nido de bichos, un río cercano abundancia o peligro. Brumas inquietantes o amigas, sol acogedor o agente cancerígeno. Las emociones y sensaciones son subjetivas, y lo mismo puede ser insoportable, tolerable, inapropiado, imprescindible o pasar inadvertido para unos u otros.      

Las crisálidas buscan un lugar para convertirse en seres alados. Lugar lleno de tesoros y riquezas, o idílico donde el alma se reencuentre consigo misma y con el universo. Con aroma a flores, a bosque, a mar, a ciudad. Cerca o lejos. Poblado por seres amables con los que poder relacionarse. Calor o fresco, brisa o cierzo.      

Buscamos un Cipango idealizado en el que seguir volando. Queremos ser colon@s de un espacio aún sin nombre que haremos nuestro, que será nuestra casa y convertiremos en hogar compartido.      

Ahora sólo queda aunar y entretejer nuestros imaginarios, y dotar bien las carabelas para que tengamos víveres hasta el final, evitar la inanición y el agotamiento, sujetar bien el mapa y…¡Viento en popa a toda vela!

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Petanqueando

El día 14 volvimos a reunirnos para pasar un buen rato jugando a la petanca. El equipo crece y aprende… ya hasta conseguimos alejar las bolas del equipo adversario (pero siempre con buena intención, claro)      

Quedamos en las pistas del parque de los Poetas, que parece que nadie había usado en años, y, además de divertirnos, hacemos de foco de atracción de los lugareños que pasan por el parque, que miran, comentan a sus hijos que ellos jugaban de pequeños, nos dan consejos de cómo jugar mejor, otros nos observan con curiosidad y casi un poco de envidieta… Creo que les llama la atención que estemos un grupo de adultos jugando, que nos riamos y comentemos, a veces como jovenzuelos, que lo pasemos bien. La alegría y la amistad lucen y atraen.

Vinieron algunas personas interesadas por el proyecto.

Y, como no podía faltar, acabamos con un estupendo vermú que nos habían preparado Paqui y Joselo.

Seguimos…

“Dostadning”, el arte sueco de ordenar antes de morir

Margareta Magnusson es una anciana sueca, como dice ella, entre 80 y 100 años, que nos enseña el “Dostadning”, el arte sueco de ordenar antes de morir.        

Aunque el título sobrecoja el corazón, ella nos cuenta con simpatía y humor, cómo va deshaciendo su casa familiar cuando, ya mayor, va a ir a vivir a un piso de dos habitaciones a otra ciudad, Estocolmo, más cerca de sus hijos.      

El dostadning no sólo se hace pensando en la muerte y en liberar a los familiares del enorme trabajo de dilapidar las propias posesiones. Según ella, se debería hacer cada 10 años, pues nuestra vida va cambiando, y lo que antes nos servía, ahora ya no tiene un lugar en nuestra vida. De hecho, lo hacemos cada vez que nos cambiamos de casa.

 Comprimir una casa no es algo que se haga en unas pocas horas: es un trabajo costoso que hay que hacer con tranquilidad y tomándose el tiempo necesario, de manera que esa “revisión” de nuestras pertenencias, además de permitirnos saber qué queremos conservar y de lo que podemos prescindir, nos sirva de disfrute y satisfacción: nos dé la oportunidad de reencontrar el significado y los recuerdos asociados a cada objeto, recrear momentos felices y volver a vivir nuestra historia con los objetos que vamos desechando.

Donar a amigos, a familia, a vecinos, a asociaciones benéficas… no sólo aligerará nuestra casa. Reciclar beneficia al planeta y a las personas que reciben algo que pueden necesitar. Vender algunos objetos hará que otras personas creen sus propios recuerdos en base a ellos.

Nos quedaremos con lo que nos cabe, nos gusta, nos hace la vida más cómoda y placentera, tenemos un cariño especial o queremos que nos acompañe para mirarlo de vez en cuando. Ordenar las pertenencias y tirar la mayoría de las cosas materiales es un proceso emocional que ayuda a valorar y reflexionar sobre lo que realmente se necesita para ser feliz y lo que no.

En el mundo en que vivimos, tendemos a acumular. Las pertenencias crecen y pueden llegar a descontrolarse. Una nueva visión nos llevará a ver la vida más cómoda y agradable si nos liberamos de parte de la abundancia. Disfrutar de los objetos sin necesidad de poseerlos.        

Magnusson es directa, práctica, una anciana simpática y consciente, solidaria y comprensiva. Dice que “envejecer no es cosa para debiluchos”. Hay mucho que hacer.      

Aunque, como humanos, nos incomoda pensar en la muerte, el libro de Magnusson nos ayuda a plantearnos de forma práctica el adelgazamiento de nuestra casa de cara a vivir en una vivienda más reducida, con un tipo de vida más simplificada. Hacia el decrecimiento y minimalismo. Y hay tiempo.

2022, comenzamos ciclo

Desde los comienzos de la historia, el ser humano, indeciso a veces sobre su devenir y hacer, consultaba, o ponía las decisiones sobre su futuro en manos de oráculos, astrólogos o magos. No comenzaría una batalla si astrólogos o sacerdotes lo desaconsejaban: la influencia benéfica de los astros era casi tan importante como la fuerza del ejército. Aún hoy en muchos países de Oriente las fechas de las bodas las fijan los astrólogos.      

A través de los siglos, al unísono del ser humano, oráculos y mancias han evolucionado, pero…¿qué nos dice la astrología del año 2022? 

Dicen los astrólogos que, tras dos años muy complicados, las importantes conjunciones de 2020 y 2021 han puesto la semilla de un profundo cambio que se empezará a desarrollar en 2022. Planetas benéficos como Júpiter nos van a acompañar hacia un ciclo con un futuro más prometedor y feliz. Nada será igual que antes: habrá nuevos problemas, pero también nuevas soluciones. Se tejerán nuevas alianzas. Habrá nuevas oportunidades.      

En la primera mitad del año el tránsito de Júpiter por Piscis, formando conjunción con Neptuno, hará que florezcan energías espirituales muy positivas, el filantropismo, que se canalicen bien conflictos y tensiones. En el segundo semestre la conjunción de la energía bélica de Marte podría hacer estallar conflictos encallados.    

En esta nueva etapa será evidente la necesidad de trabajar unidos y dedicarnos a reconstruir un mundo en el que todos podamos vivir, será importante actuar contra el cambio climático y aminorar la brecha de la desigualdad económica. Tenderemos hacia la simplicidad y un estilo de vida más ecológico.   

Numerologicamente, el número del año es el 6: trabajo, acuerdos, alianzas, amistad, amor, comunidad, generosidad, cuidado, idealismo…

¿Y por qué escribo estas notas de astrología? Porque el 2022 va a ser muy importante para el proyecto de Las Crisálidas. Está acabando el año y tod@s estamos en ebullición, como una colmena, trabajando cada cual en su faceta. Y, al leer el pronóstico del 2022, hay palabras que me resonaron muy bien: oportunidades, cambio, evolución, simplicidad, ecologismo, alianzas, igualdad, energías espirituales…

¿Tendrán razón los astrólogos?

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Recuerdos y amistad

Nuestro compañero y amigo Salvador Berlanga presentó el día 11 en el Centro Cívico Universidad y el 16 en el Paraninfo, su libro “Ecos y voces de infancia. Del blanco y negro al color”, que reúne casi cien testimonios inéditos de aragoneses que hablan de sus recuerdos de infancia, de la escuela, de la vida entonces.

Y allí estuvimos, crisálidas y crisálidos, para acompañar y disfrutar de dos estupendas sesiones entre amigos y conocidos, gente docta y artista, variada y polifacética que Salvador ha reunido en el libro… y, por supuesto, para escuchar la música en vivo de Araboas.  

 ¡Felicidades a Salvador y Ana por el supertrabajo!

Concha Nasarre

Con los pies en el suelo y la cabeza en los cielos

La verdad es que no me gusta mucho hablar de mí misma. Ni escucharme. Ni escribirme. Y no sé si empezar por el principio o por el final, porque todo está interrelacionado y no sería la que soy sin lo que he vivido.        

Nací en noviembre de 1957. Soy una sagitario que se identifica con su signo: emprendedora, viajera, optimista, independiente y cabezona. Si me propongo algo voy a por ello hasta conseguirlo, pero nadie me obligará a hacer nada que no quiera o me parezca injusto.      

Ya de niña me encantaba leer. A los siete años dije que de mayor quería ser lectora, y, como parece que no fue sólo una gracia de niña, estudié Filología Hispánica y he dedicado los 37 años de mi vida profesional a ser bibliotecaria o a trabajos relacionados con los libros en distintas instituciones. Siempre en Zaragoza.      

Y ahí viene otro de mis rasgos: nací en Zaragoza, siempre he vivido aquí, y llevo la ciudad en el ADN. Aunque he tenido periodos de desapego (en la juventud), ahora sé que no podría vivir en otro lugar. Es mi casa, la conozco bien, y me muevo por ella como por territorio aliado.

Para mí la ciudad no es sólo la geografía, sino su vida, sus gentes. Por supuesto los amigos, la familia, los compañeros de trabajo. Pero también todo ese tejido social con el que colaboro y he colaborado.      

Mis padres eran conservadores, pero durante toda su vida, prácticamente hasta su muerte, participaron en distintas asociaciones y colectivos. Eso es parte de mi herencia. Desde que entré en Scouts cuando era adolescente, toda mi vida he participado en organizaciones que promovieran una justicia social en un aspecto u otro. He sido activista en movimientos ecologistas, organizaciones de derechos humanos como Amnistía Internacional, de desarrollo como Fundación Vicente Ferrer…, he participado en la Coordinadora de Organizaciones Feministas, en la Federación de Barrios…y muchas otras, algunas de ellas dedicadas al fomento de la lectura y la cultura.      

La lucha contra el trasvase me llevó a hacerme militante de Chunta Aragonesista, donde permanecí más de una década y tuve cargos(= cargas) orgánicos, institucionales y de representación. Esos años aprendí mucho sobre la naturaleza del género humano, conocí “La red profunda” de la ciudad, y descubrí la diferencia entre intentar cambiar las cosas desde la oposición y la calle, y tener en tus manos la posibilidad de cambio.      

Mi padre era un intelectual al que le hubiera gustado que yo fuera una erudita al estilo de las del siglo XIX. Mi madre era ama de casa y habilidosa. De esa síntesis, cada uno tirando para su lado, yo soy predominantemente intelectual, pero me encanta hacer todo tipo de manualidades. Me descansa, relaja, y siempre tengo que tener algo entre manos.      

Me apasiona todo lo relacionado con el poder de la mente, lo esotérico, y creo en lo que no se ve casi tanto como en lo que se ve. Intento descubrir recursos que me ayuden a vivir mejor. Utilizo la aromaterapia, la meditación…y no voy a desvelar todos mis secretos.        

Y creo que va siendo hora de terminar.      

Lo más importante de mi vida: mis dos hijos.      

Lo que me da más miedo: la muerte, la enfermedad, el sufrimiento de las personas a las que quiero.    

Cuando teníamos 20 años, con las compañeras-amigas decidimos montar una comuna. Nos sentíamos “hippies”. Iríamos a vivir al campo. Sólo había un problema: no nos poníamos de acuerdo en los chicos a los que invitaríamos a vivir con nosotras. Porque, eso sí, queríamos uno para cada una. En menos de dos años todas teníamos novio y el sueño comunal se había desvanecido.      

Ahora parece que el sueño ha vuelto, madurado, seniorizado, capitalizado, pero algo pervive: el deseo de una vida en común, de compartir, sonreír, disfrutar, vivir en paz.