¿Qué cuidados queremos?

Todos deseamos gozar de buena salud. Continuar activos nos permitirá mantenernos estupendamente mucho tiempo. Podemos hacer una convivencia gozosa, con risas, bailes y viajes. Reír y disfrutar son principios básicos para prevenir el envejecimiento prematuro. Eso y la ayuda mutua serán el primer escudo en defensa de la salud.

Pero, cuidado: no somos invulnerables (¡qué pena!). En todo caso sí debemos ser solidarios, de manera que podamos evitar que alguien se sienta solo y desprotegido.       

¿Qué pasa cuando alguien tenga un tropiezo de salud? Si es leve puede bastar con la ayuda mutua. Cosas como cortarle la carne si se ha roto un brazo, prestarle apoyo para caminar, escucharle en momentos de bajón…  

En todos los casos contaremos con la atención que presten los servicios públicos de salud. Para ello, el Salud nos adjudicará profesionales de medicina de familia y enfermería y nos dará la posibilidad de hospitalización cuando la situación así lo requiera, ya que no podemos sustituir a la medicina hospitalaria.    

Si la enfermedad es más delicada, aunque sea temporal, habrá que contar con ayuda externa si fuera necesario. Para eso estudiaremos la contratación puntual de ayuda a domicilio por horas o, si la gravedad o el número de asistidos lo requiere, de personal estable.      

Esta atención se prestará en la misma unidad habitacional, siempre que sea posible. No es recomendable sacar a nadie de su entorno íntimo si puede evitarse. Cuando el tipo de atención o el número de asistidos lo requiera, podrá tomarse la decisión de trasladarlos a las unidades asistenciales que tendremos preparadas. Será una decisión que habrá que consensuar entre la persona afectada, su conviviente si lo hubiera y la comisión de cuidados. En caso de conflicto, resolverá el Consejo Rector o la Asamblea y, en todo caso, si quien necesita asistencia insiste en permanecer en su apartamento en contra del criterio definido, tendrá que hacerse cargo del coste extra que eso suponga.  

   Cuando haya más de una persona que necesite atención permanente puede ser necesario, por economía de escala, que sean trasladadas a la unidad asistencial. De esa forma, el personal contratado podrá atender a varias personas sin tener que desplazarse de un apartamento a otro. 

 En cualquier caso, nadie será desatendido. Al contrario, la Comisión de cuidados y todos velaremos por que sean cuidados con eficacia y profesionalidad, asegurando el tratamiento adecuado y una situación confortable. Y, por supuesto, todo el que quiera puede echar una mano. Acompañar del bracete para dar un paseo, o hacerle compañía cuando llega el deterioro mental y hablarle, aunque no entienda nada más allá de su mente dormida.

Todo esto está muy bien, diréis. Pero ¿cómo se financia?      

Tenemos que ser previsores, por eso me uno a la propuesta de crear un Fondo de Atención a la Dependencia. Una especie de seguro interno, en el cual aportaremos una cuota mensual proporcional a la edad de ingreso en el centro residencial: los más jóvenes pagarán una cuota más baja pero, previsiblemente, durante más tiempo. A mayor edad se pagarán cuotas progresivamente más altas de manera que, en una fecha hipotética (pongamos dentro de 35 años), todos habríamos pagado lo mismo. En este momento no tenemos a nadie que requiera asistencia, así que si instauramos este fondo, en los primeros tiempos acumularíamos remanente para cuando lo necesitemos. En todo caso, el importe de la cuota (manteniendo la proporcionalidad) podría revisarse anualmente según el número y gravedad de los casos a atender.    

 Este fondo cubriría una parte de la atención. Otra parte de la misma se pagaría con la aportación de la persona atendida, bien a través de las ayudas que reciba por la “ley de dependencia”* o bien mediante una cuota suplementaria a determinar con carácter general por la Asamblea y a ajustar a cada caso por la Comisión de cuidados, si fuera necesario.      

En todo caso, si el número de personas asistidas o su gravedad representan un problema importante, debemos contar con la ayuda de las administraciones públicas. La “ley de dependencia” prevé el servicio de atención residencial prestado en centros públicos o concertados, por lo que debemos aspirar a que, llegado el caso, nuestro centro de convivencia pueda ser concertado con el Instituto Aragonés de Servicios Sociales (IASS) para la prestación de ese servicio. Un “criterio interpretativo” similar al del Principado de Asturias es el objetivo que debemos perseguir en nuestras negociaciones con el Gobierno de Aragón.      

Como último recurso, en el caso de personas con “gran dependencia” que necesiten atención continuada, podrá requerirse a la persona atendida el pago del coste extra que dicha atención suponga. Este importe podría descontarse del capital a recuperar en caso de baja o fallecimiento, aunque eso supondría que la cooperativa adelantase el pago de la atención, lo que podría suponer un déficit económico. Mejor sería que la persona atendida o sus familiares se hicieran cargo del gasto extra, si es necesario recurriendo al alquiler o venta de un piso, si lo tuvieran. Cualquier solución es preferible a pagar el precio de una residencia privada, que no le dará el calor que merece y que nuestra comunidad le aporta.      

Todo esto es complejo y requiere mucho estudio y debate. También conocer cómo lo han resuelto en otras comunidades de cohousing. En la Comisión de cuidados y dependencia de Las Crisálidas estamos haciendo un buen trabajo de plantear dudas y posibles soluciones. Otras comisiones y, en último término, la Asamblea deberán unirse al debate común. La elaboración del capítulo de Cuidados dentro del Reglamento de Régimen Interno será un trabajo que se extiende más allá del momento de iniciar nuestra convivencia, a cada momento en que tengamos que revisar las decisiones en función de las circunstancias.      

Pero lo que no me cabe en la cabeza es dejar a la intemperie a nadie. Si en los estatutos nos definimos como una comunidad finalista, si reconocemos la prohibición de expulsar a nadie por enfermedad o incapacidad parcial o total sobrevenida con posterioridad a su ingreso, entonces tenemos que garantizar que cumpliremos con nuestro compromiso. He apuntado propuestas debatidas en la Comisión de cuidados y dependencia para que la atención sea viable. Pero, en todo caso, tenemos que garantizar la atención hasta el final de nuestros días. Si todas las previsiones fallan, tendremos que ser solidarios para no dejar a nadie desatendido.      

Tenemos que ser un modelo en cuidados, cueste lo que cueste. Podemos hacerlo para que todos ganemos en autoestima y podamos decir que hemos hecho lo que queríamos hacer y sentirnos orgullosos de ello.


* Ley 39/2006, de 14 de diciembre, de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las personas en situación de dependencia(«BOE» núm. 299, de 15/12/2006).

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María Yus

La chica que soñaba en colores

En aquellos años grises de mi adolescencia y primera juventud, yo soñaba en colores. Quizá eso me salvó de caer en la filosofía maniquea que me rodeaba. Todo lo que me gustaba estaba mal visto. Por eso, al poco de hacer la primera comunión dejé de pasar por el confesionario que me amargaba la vida. Soñar despierta en colores me daba oxígeno ante a una realidad mezquina, me llenaba de energía para nadar a contracorriente. Sí, era una chica rara en mi entorno. Por la noche, bajo las sábanas con un transistor, escuchaba en emisoras extranjeras la música prohibida. Recordaréis Je t’aime moi non plus, por ejemplo. Y lo último de la música que me llegaba de los festivales contra la guerra de Vietnam con aquellos hippies vestidos de flores de colores, como mis sueños. De ahí nació una rebeldía contra el sistema difícil de gestionar con mi mundo exterior.      

Mala estudiante, contestona. Para mi padre era una avispa roya por mi terquedad. Pero claro, cómo explicarle que soñaba con estar en el festival de Woodstock. Eso se quedaba para mí como un sueño imposible. Pese a todo, trabajé desde los catorce años en una fábrica de zapatos y cumplía sin esfuerzo con mi obligación de entregar en casa el sobre con la paga semanal, imprescindible para llegar a fin de mes. Qué menos después del ejemplo del trabajo incansable de mis padres para sacar adelante a cinco hijos en tiempos de hambre, en aquella larga posguerra.

 Pero sabemos que la juventud lleva adherida en sus genes el ansia de experimentar y vivir el momento, que no desaproveché. Los bailes en los guateques, con Los Brincos, Adamo… los primeros novietes, el primer beso. Tenía la edad perfecta para reír por cualquier cosa, y de disfrutar a pesar de todo. No obstante, mis ideas contrastaban con mi entorno. Amigas que buscaban a toda costa un novio oficinista y con traje mientras que yo, romántica empedernida, anhelaba el amor aunque fuera de un obrero con mono. En consecuencia, me fui escorando a la izquierda, mi sitio desde que tengo memoria. Cambié de amigos y los guateques por carreras delante de los grises. 

Conocí a las mujeres libertarias de la CNT, valientes maestras del feminismo. Y con mis nuevos amigos asistía a los locales donde actuaban La Bullonera, Joaquín Carbonell y el añorado Labordeta. Luego llegaban los vinos hasta las tantas de la noche.

En una quedada conocí a Alfredo. Flechazo a primera vista. Y, mira por donde, era oficinista con traje. Menos mal que mi mala influencia y las ganas de cambio de él hicieran que pronto calzara vaqueros y se dejara barba, para disgusto de su madre. No me equivoqué. Ha sido el compañero tolerante, feminista, con el carácter justo para mantener sus principios y con una gran curiosidad que le ha proporcionado una amplia cultura autodidacta.      

La lectura ha sido uno de mis refugios. Yo no he ido a la universidad, pero en mi familia el culto a la lectura ha sido una constante. Cuentos para la pequeña, tebeos de mis hermanos, novelas del oeste, casi siempre cambiadas o compradas de segunda mano. Más de una vez acompañaba a los tatos al coger cardillos que vendíamos a las amas de casa, limpios de pinchos. Con el dinero que sacábamos nos daba para ir al cine. No podía perderme Godzilla o comprar alguna novela de viejo, La Isla del Tesoro o Huckleberry Finn. Casi siempre lecturas de chicos, la verdad es que me gustaban más que las ñoñas novelas de chicas. La llegada del Círculo de Lectores nos puso al alcance de la mano clásicos memorables. He vivido mil vidas a través de los libros, he bailado en la Plaza del Diamante como si fuera la Colometa y he conocido a Aureliano Buendía en su Macondo natal.

Con el cierre de la fábrica de zapatos me puse a estudiar para paliar mi fracaso escolar y… descubrí que me gustaba. Aprobé oposiciones a pinche de cocina y trabajé en el hospital de Barbastro y luego en el Miguel Servet, donde más tarde cambiaría a costurera. El trabajo, los viajes y la convivencia con Alfredo, fueron conformando una situación de estabilidad construida sobre la base del mutuo respeto. Así, decidimos regalarnos un cielo y nació Alejandro. Le amo, y encima se lo merece.      

Con el paso de los años he ido valorando cada vez más el ejemplo de mis padres. Trabajadores, bondadosos, héroes para mí. Mi casa era tierra de acogida para todo el mundo. Nos gustaba pasar el rato delante de la estufa con la madre de todos, la mía. Ellos fueron queridos y respetados por quienes les conocían. He pretendido imitarlos en la difícil tarea de ser buena persona, no sé si lo conseguiré.      

Hace mucho tiempo soñé en formar parte de un proyecto de vivienda colaborativa. Al día de hoy estamos cerca de conseguirlo un grupo de personas tan llenas de ilusión como yo. No le puedo pedir más al destino. Convivir con los que, sin duda, serán mis amigos, mi familia, es un sueño cumplido. Gracias.