Javier Vicente Martín

   Me llamo Javier Vicente Martín y como tengo que decir siempre Vicente Martín son apellidos. Nací el año 54 del siglo pasado en Used (Zaragoza). A resultas de una epidemia de poliomielitis que hubo en los años 50 dicen que soy minusválido, término que a mí me parece insultante, prefiero el adjetivo tradicional de cojo. En la escuela nacional-católica nos colocaban por apellidos lo que me permitió, lejos de los maestros, vivir en Babia, pensar en las avutardas y estar en la higuera. No obstante espoleado por las motivaciones del entorno familiar “como no vales para trabajar bien tendrás que estudiar” conseguí en una especie de competición de obstáculos, selectiva, aprobar el ingreso de bachiller, la reválida elemental y la superior y acceder a la universidad franquista donde después de algunos conflictos que me apartaron unos años del Templo de la Sabiduría y ya de por libre conseguí la Licenciatura. Soy Licenciado en Ciencias Inútiles sección Geografía e Historia. Casado, con una hija y tres nietos. He sido durante casi treinta años profesor de Secundaria en distintos centros públicos de Aragón.

   He publicado algún libro, por ejemplo,Imágenes de la Historia. Recorrido por la Historia del Mundo Contemporáneo en diez películas y he sido comisario junto con mi amigo Herminio Lafoz de la exposición La escuela del siglo XX: educar ciudadanos o educar súbditos que se realizó en el Centro de Historia en 2007. Actualmente publico dos blogs: aprendizdeacuarelista.blogspot.com con acuarelas comentadas y haikus hechos a propósito de ellas; y otro calendariorojoynegro.blogspot.com con el proyecto Calendario Rojo y Negro que hacemos un grupo de 7 compañeras/os para recordar y homenajear a las/los que lucharon por conseguir una sociedad igualitaria.

   Me definiría a mí mismo como un perverso polimorfo, entre mis abundantes y variadas perversiones estarían: viajar, la lectura, oír música, el cine, cocinar, el vino, conversar, un acusado sentido del humor hasta ahora no condenado, pintar acuarelas, perpetrar haikus y procurar actuar coherentemente con lo que pienso, así pues soy ateo y apóstata ya que en el único dogma de la iglesia en el que creo es en la infalibilidad del Papa: el Papa es infalible, se equivoca siempre; luego, con un poco de suerte alguno de sus sucesores al cabo de setecientos años subsanar el entuerto y en algunos casos pide perdón. He estado casi toda mi vida encaminando mis pasos jacarandosos o tartajeantes mediante la dialéctica hegeliana de la tesis, la antítesis y la síntesis pero ahora ya es más bien la ortesis en mi pierna derecha la que asegura mis pasos.

   Mi lema de actuación en la vida es en caso de duda siempre a la izquierda (in dubio semper siniestra). Actuar de acuerdo a este lema me coloca a veces en situaciones un poco complicadas, por ejemplo cuando me incorporo, conduciendo el coche, a una rotonda y no encuentro la forma de salir, menos mal que Avelina es paciente conmigo. Mis inquietudes sociales hacen que esté afiliado hace muchos años a CC.OO., I.U. y Amnistía Internacional. Afectivamente he tenido la suerte de aprender mucho de las mujeres que me quieren o han querido, porque definitivamente solo se aprende de los que te quieren.

   En la actualidad estoy muy ilusionado con llevar adelante junto a mis queridas compañeras/os de Las Crisálidas nuestro proyecto de viviendas colaborativas para poder autogestionar una plácida vejez activista y de apoyo mutuo, viviendo acompañados y sin depender de nuestras familias. Por supuesto desde estas líneas de nuestro Boletín invito a todas y todos los amigos y conocidos a que se informen y se involucren en este hermoso proyecto: lascrisalidas.es

María Yus

La chica que soñaba en colores

En aquellos años grises de mi adolescencia y primera juventud, yo soñaba en colores. Quizá eso me salvó de caer en la filosofía maniquea que me rodeaba. Todo lo que me gustaba estaba mal visto. Por eso, al poco de hacer la primera comunión dejé de pasar por el confesionario que me amargaba la vida. Soñar despierta en colores me daba oxígeno ante a una realidad mezquina, me llenaba de energía para nadar a contracorriente. Sí, era una chica rara en mi entorno. Por la noche, bajo las sábanas con un transistor, escuchaba en emisoras extranjeras la música prohibida. Recordaréis Je t’aime moi non plus, por ejemplo. Y lo último de la música que me llegaba de los festivales contra la guerra de Vietnam con aquellos hippies vestidos de flores de colores, como mis sueños. De ahí nació una rebeldía contra el sistema difícil de gestionar con mi mundo exterior.      

Mala estudiante, contestona. Para mi padre era una avispa roya por mi terquedad. Pero claro, cómo explicarle que soñaba con estar en el festival de Woodstock. Eso se quedaba para mí como un sueño imposible. Pese a todo, trabajé desde los catorce años en una fábrica de zapatos y cumplía sin esfuerzo con mi obligación de entregar en casa el sobre con la paga semanal, imprescindible para llegar a fin de mes. Qué menos después del ejemplo del trabajo incansable de mis padres para sacar adelante a cinco hijos en tiempos de hambre, en aquella larga posguerra.

 Pero sabemos que la juventud lleva adherida en sus genes el ansia de experimentar y vivir el momento, que no desaproveché. Los bailes en los guateques, con Los Brincos, Adamo… los primeros novietes, el primer beso. Tenía la edad perfecta para reír por cualquier cosa, y de disfrutar a pesar de todo. No obstante, mis ideas contrastaban con mi entorno. Amigas que buscaban a toda costa un novio oficinista y con traje mientras que yo, romántica empedernida, anhelaba el amor aunque fuera de un obrero con mono. En consecuencia, me fui escorando a la izquierda, mi sitio desde que tengo memoria. Cambié de amigos y los guateques por carreras delante de los grises. 

Conocí a las mujeres libertarias de la CNT, valientes maestras del feminismo. Y con mis nuevos amigos asistía a los locales donde actuaban La Bullonera, Joaquín Carbonell y el añorado Labordeta. Luego llegaban los vinos hasta las tantas de la noche.

En una quedada conocí a Alfredo. Flechazo a primera vista. Y, mira por donde, era oficinista con traje. Menos mal que mi mala influencia y las ganas de cambio de él hicieran que pronto calzara vaqueros y se dejara barba, para disgusto de su madre. No me equivoqué. Ha sido el compañero tolerante, feminista, con el carácter justo para mantener sus principios y con una gran curiosidad que le ha proporcionado una amplia cultura autodidacta.      

La lectura ha sido uno de mis refugios. Yo no he ido a la universidad, pero en mi familia el culto a la lectura ha sido una constante. Cuentos para la pequeña, tebeos de mis hermanos, novelas del oeste, casi siempre cambiadas o compradas de segunda mano. Más de una vez acompañaba a los tatos al coger cardillos que vendíamos a las amas de casa, limpios de pinchos. Con el dinero que sacábamos nos daba para ir al cine. No podía perderme Godzilla o comprar alguna novela de viejo, La Isla del Tesoro o Huckleberry Finn. Casi siempre lecturas de chicos, la verdad es que me gustaban más que las ñoñas novelas de chicas. La llegada del Círculo de Lectores nos puso al alcance de la mano clásicos memorables. He vivido mil vidas a través de los libros, he bailado en la Plaza del Diamante como si fuera la Colometa y he conocido a Aureliano Buendía en su Macondo natal.

Con el cierre de la fábrica de zapatos me puse a estudiar para paliar mi fracaso escolar y… descubrí que me gustaba. Aprobé oposiciones a pinche de cocina y trabajé en el hospital de Barbastro y luego en el Miguel Servet, donde más tarde cambiaría a costurera. El trabajo, los viajes y la convivencia con Alfredo, fueron conformando una situación de estabilidad construida sobre la base del mutuo respeto. Así, decidimos regalarnos un cielo y nació Alejandro. Le amo, y encima se lo merece.      

Con el paso de los años he ido valorando cada vez más el ejemplo de mis padres. Trabajadores, bondadosos, héroes para mí. Mi casa era tierra de acogida para todo el mundo. Nos gustaba pasar el rato delante de la estufa con la madre de todos, la mía. Ellos fueron queridos y respetados por quienes les conocían. He pretendido imitarlos en la difícil tarea de ser buena persona, no sé si lo conseguiré.      

Hace mucho tiempo soñé en formar parte de un proyecto de vivienda colaborativa. Al día de hoy estamos cerca de conseguirlo un grupo de personas tan llenas de ilusión como yo. No le puedo pedir más al destino. Convivir con los que, sin duda, serán mis amigos, mi familia, es un sueño cumplido. Gracias.

Joselo de Marco

Mi nombre es José de Marco Martínez, (Joselo), nací en el 53 y soy el más pequeño de 8 hermanos. Estudios de bachiller elemental y periplo laboral desde los 14 años hasta los 58 años en el campo de la administración y contabilidad. Comencé “Fisioterapia” en la Universidad de Zaragoza, sin terminar por no poder compaginar trabajo y prácticas, por lo que acabe haciendo” Graduado Social”.      

Ideología de izquierdas que me viene fundamentalmente de la Teología de la Liberación y del Marxismo, donde la búsqueda de la justicia ha sido lo más significativo y pretendido en mi vida laboral y social. He aprendido mucho de la relación con los chavales de mi barrio “La Magdalena” en los años de dedicación en actividades con los mismos, de la Naturaleza a sentir y entender los conceptos de “armonía”, “observación”, “belleza”, “sensibilidad”; también de la experiencia de vida comunitaria en el barrio La Jota, y por supuesto de mi pareja, que comparto la vida desde hace años, mucho de lo que soy en la actualidad.      

Estoy en este proyecto porque creo que el modelo de vivienda colaborativa, puede ser perfecta en el aprendizaje para saber envejecer con dignidad y autonomía necesaria y donde el grupo es fundamental en este proceso de desarrollo personal, para saber compartir, comunicar, empatizar, disfrutar y cuidar. Disfruto y me siento feliz en contacto con la Naturaleza, sea montaña, mar, bosques, etc, con la bicicleta, con la lectura, con la música y con el compartir las diferentes sensibilidades.

Montse Grao Ruiz

Esta entrevista se realizó el día 15 de marzo a las 11 de la mañana en la terraza soleada de la cafetería 1808 en el Paseo Longares. Tras los saludos de rigor y después de pedir la consumición, no digo cual era para no desvelar secretos, pasamos a dialogar.

P. Quizás, Montse, deberías empezar por darnos algunos datos personales.
R. Me llamo Montserrat Grao Ruiz, nací en Tudela (Navarra) y cuando tenía seis años nos trasladamos mis padres, dos hermanas mayores y yo a Zaragoza, en concreto al barrio de Las Fuentes. Me matricularon en el colegio Santo Domingo de Silos, porque sólo existía ese colegio y otro de monjas que era de niñas pequeñas junto a la Parroquia de Cristo Rey, ambos privados. Para asistir a un colegio público había que ir hasta la plaza de Los Sitios, entonces plaza de José Antonio, el Gascón y Marín. Crecí con el barrio que entonces estaba poco habitado y sin estructura, una casa aquí y otra allá. Me considero de Las Fuentes por aquello que decía mi padre “el hombre no es de donde nace sino de donde pace” y yo viví en el barrio hasta los 42 años.

Allí tuve a mis hijos que también fueron al Silos. Ahora ya también me considero del barrio de Jesús porque llevo viviendo 24 años aquí, al principio no me veía pero ahora estoy muy contenta con las zonas verdes que tenemos. Ojalá las tengamos también en el sitio donde vayamos a vivir. Tengo dos hermanas, dos hijos, hija e hijo, y tres nietos.
P. ¿Cuál fue tu formación?
R. Bachiller elemental, les dijeron las monjas a mis padres que yo era un caso perdido y que era una vaga y es verdad, me tengo que comprometer en muchas actividades para así hacer cosas si no estaría todo el tiempo haciendo tumbing en el sofá y ya sabes lo peligroso que es ese deporte.
P. ¿Qué me dices de tus inquietudes sociales?
R. He sido, junto a Maite Ferreruela, delegada sindical de CC.OO. en la junta de personal y estoy afiliada a I.U. desde no hace mucho, me decidí cuando eligieron a Alberto Garzón Coordinador Federal.
P. ¿Qué aficiones tienes?
R. La escritura desde pequeña, la tenía aparcada y cuando me separé me invitaron a una tertulia literaria, yo pensé que eso sólo existía en la época de la generación del 27 o del café Gijón. Escribo poesía y relatos. He editado varios libros en autoedición y los dos últimos una recopilación de sonetos lo ha editado La herradura oxidada y el último la editorial Amargord en 2019.
P. ¿Cualidades que más aprecias en los demás?
R. La honestidad es lo que más aprecio de los amigos y también que me hagan reír, el sentido del humor.
P. ¿Tu sueño de felicidad?
R. Va variando según pasan los años, ahora hacer lo que yo quiera viviendo tranquila.
P. ¿El mayor infortunio que puedes imaginar?
R. Que a un hijo le pasase algo. Lloré mucho en abril del año pasado cuando no pude hacer nada por mi hija que estaba con el Covid. Ella lo pasó muy mal y yo estaba impotente.
P. ¿Qué te hubiese gustado ser?
R. Escritora.
P. ¿Dónde te gustaría vivir?
R. En Zaragoza. Soy consciente de que este proyecto nuestro tendrá que realizarse en algún barrio rural o algún pueblo cercano pero todavía soy joven y tengo muchas actividades en Zaragoza. Apartarme de mis nietos me da mucho dolor. En caso de ir a la costa sería de Valencia para abajo por lo del microclima.
P. ¿Color favorito?
R. El verde, aunque casi siempre voy de azul pero para verlo el verde.
P- ¿Flor?
R. La rosa, indudablemente.
P. ¿Autores favoritos en prosa y en verso?
R. En prosa García Márquez, Saramago y Almudena Grandes; en verso Pedro Salinas, García Lorca y Cavafis. Hay muchos para elegir, soy lectora compulsiva.
P. ¿Héroe o heroína real o de ficción?
R. Rosa Park o cualquier mujer que haya luchado por encima de sus posibilidades, casi todas las mujeres en nuestra época.
P. ¿Pintores favoritos?
R. Velázquez y Goya.
P. ¿Músicos?
R. Soy muy sabinera y me encanta Serrat, aunque los tuve castigados cuando cantaron en Israel, pese al genocidio palestino, los voy a tener que volver a castigar. De los nuevos, Manuel Carrasco y Rozalén.
P. Finalmente, pregunta obligada ¿Por qué estás en Las Crisálidas?
R. Iba buscando un cohousing cercano en 2019 y en Facebook encontré Las Crisálidas, entré y enseguida me contestaron por WhassApp, era Alfredo a quien ya conocía de La Casa de Zitas, igual que a María. Lo que más me interesa es la convivencia y el envejecimiento activo.

Entrevista realizada por Javier Vicente

Alicia Aliaga Traín

Bajo con otros cuatro jóvenes, en un cuatro latas, de una excursión por el Pirineo, vamos cantando la melodía de la película de  Amarcord.  Qué buen recuerdo!

Los viajes a lugares naturales son una válvula de escape a la vida urbana.

Paso la infancia en Muel, dónde nazco, dónde los chicos y chicas exploramos cada rincón del entorno que nos ofrece novedad o misterio.

El huerto familiar es otro gran recuerdo de vivencias felices.

Me licencio en Geografía, en el estudio del medio que nos rodea.

En la búsqueda del primer empleo se me cruza el Ayuntamiento de Zaragoza que saca a oposición las primeras plazas de técnicas socioculturales. Toda mi vida profesional está relacionada con la dinamización de  los equipamientos socioculturales de proximidad en los barrios. Cercana a mi jubilación, espero haber facilitado la realización de proyectos a la ciudadanía.

No puedo rechazar una experiencia de dos años en la montaña, como brigada voluntaria en la reconstrucción de Morillo de Tou, y como responsable de su Escuela de Guías de Montaña. Qué experiencias más intensas!

Cumplo mi sueño de rehabilitar la casa de mis abuelos en el pueblo, y vivo en ella durante los años en que mis hijos van a la escuela. Los estudios de éstos y mi trabajo me hacen retornar a Zaragoza, pero los veranos los disfrutamos en el pueblo.

Ahora se reduce mi círculo, por cuidados y confinamiento, apenas tengo posibilidad de  respirar el aire sano del campo. Por ello abro, a menudo, una ventana virtual a diferentes parajes naturales.  Mi proyección social ha sido muy amplia: la Asamblea Ecologista, el sindicato, IU, la Tertulia Albada, la Asociación de Protección del Patrimonio Cultural y Natural, Greenpeace y, en estos días, activa en la Red de Cuidados de las Delicias, y en tejer lazos con amigos de Las Crisálidas con los que quiero compartir  futuras vivencias vitales.

Alfredo Pérez

El mejor administrativo del mundo

Tengo un amigo que ganó un premio al mejor soldador. Ignoro si existe un concurso de administrativos pero estoy seguro de que, si lo hubiera, yo ganaría el premio nacional y me situaría entre los favoritos del internacional. Y esto no es presunción ni vanidad: es la constatación de mi fracaso.

Porque ¿qué niño, cuando le preguntan qué quiere ser de mayor, responde que quiere ser oficinista? Yo no, desde luego. Primero quise ser inventor, cuando un esquema del motor eléctrico me hacía concebir helicópteros y una caña me servía para atrapar moscas. Pero un maestro nacional y falangista ofreció a mis padres la posibilidad de enseñarme contabilidad o, como entonces también se llamaba, «teneduría de libros». Cara al sol y ante montañas nevadas aprendí los misterios del debe y el haber, de los libros diario y mayor pero, sobre todo, aprendí a escribir con letra redondilla.

Y fue este maestro el que dio a mis padres el consejo definitivo: «este chico es muy listo, que no estudie».

Así quedó marcado mi destino. Mi ingenio para inventar chorradas y mi memoria para recordar los ríos de España me habían etiquetado como «muy listo» y eso me abría las puertas a ser director de sucursal de la Caja de Ahorros sin pasar por la universidad ni zarandajas por el estilo.

A los catorce años fui trasplantado a Zaragoza y empecé mi fulgurante carrera como mandan los cánones de la superación personal: desde abajo, como chico de los recados.

Con uno de mis nuevos amigos de la ciudad, en una tarde de borrachera, nos confesamos nuestra timidez y tomamos una decisión heroica: presentarnos a la recién creada Escuela Municipal de Arte Dramático para ser… actores.

Así empezó mi disonancia cognitiva: el que despuntaba cualidades para ser el mejor administrativo del mundo quería ser… actor. Pero el pánico escénico me fue disuadiendo tras lo que me parecieron amenazas de infarto. Derivé mis anhelos hacia la creación literaria y tuve el honor de pertenecer a algunos grupillos de letraheridos, siempre en calidad de autor sin obra.

Mientras acariciaba la bohemia, compatibilizaba mi promoción empresarial con reivindicaciones sindicales, lo que constituía otra más de mis disonancias cognitivas. Fueron épocas de neuras de las que me salvó conocer a María, marcharnos a Amsterdam y Londres, correr delante de los grises —ese tópico inevitable de la época—, coquetear con gurús y hacer variadas tonterías más. Hasta que decidimos tener un hijo: Alejandro, nuestra mejor obra.

Su nacimiento coincidió con mi despido. Una venta empresarial nos hizo prescindibles a todos los administrativos. Experimenté aquello como una oportunidad. Aunque me impliqué en la crianza de nuestro hijo más de lo habitual en los padres de la época, tuve tiempo para dirigir un cortometraje tan mal grabado que tuvieron que pasar veinte años para que la tecnología permitiese hacer una edición chapucera.

Busqué otra salida. Era mi oportunidad de pisar la universidad, ese templo de sabiduría y activismo que había añorado en mi juventud. Sabiduría encontré poca y las conversaciones no giraban ya en torno a Trotski, sino a la temporada del Real Zaragoza.

Con mi diploma recién obtenido, oposité a algunas plazas de trabajador social, cosechando algunos más de mis apreciados fracasos. Así, agotadas las últimas prestaciones, firmé mi rendición y busqué trabajo… de administrativo.

Oposité a auxiliar de la Universidad de Zaragoza y aprobé —¿alguien lo dudaba?— con el número uno. Allí me esforcé en hacer de mi trabajo algo creativo y eficaz, no en vano había empezado mi carrera profesional en una gestoría bregando con los funcionarios y no quería ser uno de aquellos lentos hipopótamos.

Cuando tuve la oportunidad de jubilarme pensé que aquel era el momento de realizar algunos de mis sueños. Me volqué en el estudio de los temas que me interesan y en la creación literaria y en ello sigo, a veces hasta traicionando mi trayectoria con pequeños éxitos.

Pero mientras tanto hay que pensar en el otoño —otro tópico inevitable— y procurar que sea dorado y luminoso, bien regado de conversaciones y abrazos con las bellas gentes que voy conociendo en Las Crisálidas.

A vosotras dedico las artes del mejor administrativo del mundo.

María Pilar Clemente

    Nací en Zaragoza en 1959, soy una tímida reciclada y maestra prejubilada. Tuve la suerte de ser la hija mayor en una familia numerosa, pasé mi infancia en Monzón (Huesca), a la sombra de su imponente castillo templario. Allí aprendí a nadar en los remansos que formábamos en el cauce del río Sosa y estudié primaria y bachillerato elemental. Hice bachillerato superior interna en la Universidad Laboral de Zaragoza. Elegí magisterio totalmente convencida de que no podía estudiar medicina porque me desmayaba al ver sangre.
     A lo largo de mi vida laboral he estado en puestos tan diversos como interesantes y siempre participando en proyectos poco habituales: Escuela Hogar, invernadero, reformas educativas, Centro de Adultos, ludoteca, Programas de Garantía Social, de convivencia, de Alumnos Ayudantes… Soy defensora del trabajo en equipo con todas las dificultades y satisfacciones que eso conlleva. 
    No soy valiente sino osada, me aburre la monotonía, los retos me estimulan, la palabra imposible nunca estuvo en mi diccionario, si creo que algo se puede realizar no me rindo hasta haber explorado todos los caminos que se me ocurren y suelen ser muchos. Tengo pasiones antiguas: leer, andar, nadar a mariposa, el tango argentino, el Shiatsu, la Medicina Tradicional China, hablar, escuchar y aprender, siempre aprender. Otras incorporadas hace poco: escribir, ir en bici (aunque esta está en desarrollo como algunas páginas de internet). Me agradan todas las plantas, fui vegetariana un buen tiempo. Soy miope pero me muevo bien en las distancias cortas. 
     Me gusta tomarme las cosas con humor y como tengo una memoria versión 2.0 suelo llevar una portátil siempre a mano. En mis amigos valoro la honestidad y el respeto, no soporto la mentira ni la manipulación. Mi proyecto estrella, en estos momentos, es impulsar las viviendas colaborativas en Zaragoza, creo que es la mejor fórmula de envejecimiento activo y quiero vivir con las personas que lo hacen posible.