Pilar Sánchez

Qué decir de mí, cómo presentarme públicamente ante vosotras, cómo hacer que este relato diga algo (más o menos acertado) de quién soy, es algo a lo que le estoy dando vueltas desde hace unos días. No me resulta fácil (como bien dice Carmen A. “conocerse no es fácil”). He releído vuestros perfiles para inspirarme…y todos me gustan (la verdad es que me gustáis!)

   En fin, empezaré por el principio:

   Aunque nací, casi accidentalmente, en Zaragoza (de ahí, como recuerdo, mi nombre), toda mi crianza transcurrió en Teruel, esa ciudad pequeñita y provinciana, tan querida, que tiene uno de los cielos más bellos y uno de los fríos mas sanotes.

   Soy la tardana de tres hijas de una familia humilde (y marcada por la guerra, como casi todas) que nos inculcó lo esencial de ser buenas personas, la importancia del trabajo responsable, de ganarnos la vida para no depender de nadie y de “no dar que hablar” ni significarse, valor éste muy de la época, era 1954!

   Mi infancia (que no me atrevo a decir feliz) fue de juegos en la calle, en el barranco, bastante asilvestrada. Lamentablemente, no he tenido pueblo para seguir practicando.

   Estudié, como mis hermanas, en la escuela pública y luego en el instituto, yo con la inmensa fortuna de tener, en los últimos años de bachiller y COU, a profesores como Pepe Sanchis , Labordeta, Juana, Julián G. Flaquer…y más, personas tremendamente estimulantes y próximas que nos ayudaron a despertar al mundo real, al teatro, a la música y la literatura; fueron esos años dorados de actividad cultural en Teruel.

   También fue la época de enfrentamiento con la autoridad del padre y la necesidad de vivir con mayor libertad y autonomía, así que…a estudiar a Zaragoza, casi escapando!

   En mi primer curso en la universidad, Facultad de Filosofía y Letras, contacté ya con el movimiento estudiantil (aún quedaba dictador por unos años) y los partidos políticos, así que…a organizarse!

   Pero entre la actividad sociopolítica, trabajos esporádicos para sacar unas perrillas y el descubrimiento de la ciudad y nuevas amistades…el estudio no acabó de centrar mi interés y dejé la carrera después de tres años. Fue un periodo de vida intenso y rico, en cualquier caso.

   En el 77 empecé a trabajar como Auxiliar de Enfermería en el Hospital Clínico. Posteriormente, y siempre trabajando, estudié Magisterio (aunque no ejercí) y más tarde Enfermería, profesión que sí he ejercido con gusto hasta mi jubilación. Toda mi vida laboral estuve sindicada y activa, defendiendo los servicios públicos.

   Coherentemente (aún reclamando el derecho a la contradicción) soy feminista, porque no podría ser de otra manera, y he peleado por el feminismo, la igualdad de derechos y la eliminación de roles castradores. Seguimos en ello.

   A lo largo de mi ya larga vida, la música y los libros me han acompañado y servido de alimento, aunque no sé tocar ningún instrumento ni escribir (lamentablemente)
EL VIAJE, así con mayúsculas, también ha significado para mí una experiencia vital importante, a veces sanadora además de gozosa, una vía de conocimiento y un buen modo de poner en cuestión lo que tenemos por cierto y de tirar por la borda los prejuicios.

Me gusta Grecia y la lengua griega (la estudio), las islas y el mar.

   Y aunque pertenezco a la asociación Derecho a Morir Dignamente y soy activa en ella (a veces incluso pesada), he de aclarar que me gusta vivir, mantengo curiosidad e ilusión, me gusta reirme y amar, charlar y jugar, nadar y caminar, me gusta y me da vida estar con mis amigas y amigos, que también me han conformado y son lo mejor de mi vida (y ahora ya mi única familia), y me siento privilegiada.

   ¿Por qué estoy en Las Crisálidas?

   Porque es el proyecto de vida presente y futura que deseo, un proyecto ilusionante, que yo había reflexionado e intentado ya hace unos años (en otra ciudad y con otras personas, también en distinta situación vital) y que sigo viendo como la mejor opción y elección: vida independiente pero acompañada y compartida con personas afines y amigas.

   En ese camino estamos!

Elisa Merinero

   Cuando empecé a informarme acerca de este grupo llamado Las Crisálidas me topé con unos artículos escritos por sus socios. Se llamaban semblanzas. Me sorprendió la calidad de los mismos. Pensé: esta gente está acostumbrada a escribir, yo sería incapaz.

   Ja !! Luego llega un día en el que, como ya voy pudiendo comprobar, Las Crisálidas te enfrentan a un nuevo reto. Así que, ¡allá vamos!

   Nací en un pequeño pueblo de Segovia, soy la menor de tres hijas. Me gustaría recordar mi infancia con alegría y lo cierto es que no estuvo mal en general, pero creo que no lo tuve fácil.

   En el pueblo no había oportunidades para todos, así que mi familia tuvo que hacer las maletas, cargar con los muebles y emigrar a Barcelona cuando yo iba a cumplir los cinco años.

  En realidad, allí empiezan mis recuerdos. Todo era nuevo, desconocido y además había que ir al colegio, y tenía que ser ya, en medio de todo ese caos.

   Bueno, pues tres años después volvimos a hacer las maletas. El nuevo proyecto familiar estaba en Zaragoza. Así que vuelta a empezar.

   De estas experiencias y de una educación, tanto escolar como familiar, propia de los años 60 me quedó un cierto respeto por los cambios, así como la necesidad de tener control sobre mi vida. (Otro JA!!)

   Ya en Zaragoza, colegio nacional, Instituto (en el Matute) y después del entonces bachiller elemental, y pasando por una afamada academia de Contabilidad y Mecanografía de Zaragoza que empieza por K y termina por L, la pequeña tenía que buscar trabajo. Igual que lo habían hecho sus hermanas.

   Creo que el primer periódico que compré por mi cuenta fue para ver las ofertas de trabajo.

Así que, cumpliendo con las necesidades familiares, a los 15 años empecé a trabajar en la empresa privada. Horario de mañana y tarde y sábado por la mañana. Fui creciendo a la vez que en España empezaban a sucederse los cambios. Te encuentras con gente nueva, con ideas distintas. Empiezas a tener otras necesidades y otros ideales.

   Me costó poco tiempo entender que con esos horarios nunca tendría tiempo para mí, así que había que opositar (sorpresaaa). Como necesitaba una titulación que no tenía me matriculé en Graduado Social (Gestor Administrativo) porque solo requería 18 años y una prueba de acceso. Tres años de clases nocturnas y estudios muy diurnos de los que obtuve dos titulaciones. Una la que había ido a buscar y otra la de compañera de Javier. Dos notas altas.

   Y después a opositar. A los 23 años saqué plaza en el INSS y tuve que incorporarme en Barcelona (la ciudad que acogía a la segunda generación de mi familia para darle trabajo, tiene guasa). Otros tres años y vuelta a Zaragoza, donde he estado trabajando hasta mi jubilación en el departamento de Información al Público. Este puesto es de libre elección por parte del trabajador. Yo lo considero vocacional y lo menos parecido a la imagen que el ciudadano tiene de un “funcionario tipo”. (Esto no lo voy a poner en femenino porque suena todavía peor).

   Tal y como pretendía, este trabajo me ha concedido tiempo para mí. Para seguir estudiando, viajar, bailar, leer, estar con amigos que he ido conservando y aumentando a lo largo de mi vida y, sobre todo para compartir a Ana y Adrián con Javier, dos hijos a los que admiro muchísimo por todo lo que me han enseñado.

   Soy consciente de que han sido los acontecimientos que me ha tocado vivir, los que, en gran parte, me han hecho como soy. Y ahora, casi recién jubilada, estoy intentando redescubrirme, reinventarme y aprovechar este regalo que me da la vida y que incluye tiempo y salud para ver que sale de esta nueva crisálida.

Pilar Cordero

    Mis padres eran de León, se casaron allí y vinieron a establecerse en Zaragoza donde nacimos mi hermana y yo. Crecimos en un barrio y una calle que daba directamente al campo, y del que disfrutamos a tope. Yo soy Pilar Cordero, mi infancia fue de esas en las que se pasaba mucho tiempo con los amigos en la calle al libre albedrío, en la que no había muchas normas e igual por eso fui muy feliz. También lo fue porque estábamos los cuatro juntos, una familia muy normal y humilde. Las familias de mis mejores amigas eran iguales, la madre en casa y el padre fuera trabajando. Esperando el verano para visitar a la familia y disfrutar de esas vacaciones en las que nos íbamos con el 600 a tope hasta León, viaje que aprovechábamos para acercarnos de paso a otros sitios. A veces primero íbamos a Santander a visitar a una hermana de mi padre, hoy es como mi segunda madre. A mis padres les encantaba viajar, preparar la maleta y meternos a las dos en el coche con la nevera en medio para ponernos en carretera.

   Con 14 años empecé a tontear con el que hoy es mi pareja y compañero y con el que orgullosamente comparto una hija estupenda. Hemos ido creciendo juntos, bueno a veces no, a veces uno va por delante del otro, pero al final siempre juntos. Estudié en un colegio concertado y luego hice administrativo porque fue lo que hicieron mis amigas en cole de monjas, la verdad es que salí un poquito rebotada de tanta disciplina y tan poca conciencia crítica. Hice un curso de Puericultura, por decisión propia y fue lo que más disfruté. Seguramente hubiera sido una buena línea a seguir pero mi padre se quedó en paro, y me puse a trabajar. He trabajado a temporadas en diferentes sitios, de vendedora, de comercial, de socorrista y monitora de piscina… Hoy trabajo en un almacén, el trabajo me gusta, aunque físicamente en según qué épocas es agotador.

   Días antes de cumplir yo 20 años se murió mi madre de repente y fue como suele suceder un mazazo para todos, además era la alegría y el pegamento en casa, se rompió un poco todo. Por cierto mi madre se pispó en seguida de mi relación y no pusieron peros en casa, la niña salía con un buen chico, trabajador, conocían a la familia, parecida a la mía. Cuando murió mi madre, mi tía, la hermana de mi padre, estuvo muy pendiente de nosotros, agradezco muchísimo lo que hizo, siempre que podía ahí estaba. Hoy sigue siendo una persona muy importante en mi vida. Mi padre se murió cuando yo tenía 39 años, después de una larga enfermedad, y por esperada tampoco fue menos dura.

   Creo que es muy gratificante participar y formar parte del lugar donde estás. He colaborado y participado en la asociación de vecinos de mi barrio de juventud, y también en los centros donde ha estado estudiando mi hija. En el instituto de mi hija, cuando la administración eliminó la gratuidad de los libros, desde la ampa dos personas idearon la forma de montar un banco de libros de manera que pagando muy poco por los libros pudieran llegar a todos los alumnos del centro que cursaban E.S.O, no dejando a nadie atrás. La participación se sucedió por parte de todos, los trabajadores, los profes, los alumnos, los padres o sea toda la comunidad educativa. Fue un logro y me sentí muy orgullosa de formar parte de ese proyecto, propuse presentarlo al premio Ebrópolis, que concede el premio a las buenas prácticas ciudadanas, como lo propuse yo, me tocó presentar la candidatura. Ganamos el primer premio de la edición. A nivel personal significó mucho.

   En el 2019 conocí a los primeros que soñaron en Las Crisálidas, aunque todavía no se sabía ni el nombre. Y como me pasó con el de los libros, este proyecto me entusiasmó. Me parece un planazo este modelo de vida, de vivir tu vida, no la que otros deciden por ti, un proyecto que se genera por y para los que lo trabajan, y que está abierto al entorno. En el que creo que se fijarán otros grupos para formar el suyo. En fin, que hoy estoy aquí y estoy emocionada con lo que puede salir de todo esto.

Carmen Antolín

Yo voy soñando caminos / de la tarde. ¡Las colinas /doradas, los verdes pinos, / las polvorientas encinas…! / ¿Adónde el camino irá?. / Yo voy cantando, viajero / a lo largo del sendero… / -la tarde cayendo está -/

Antonio Machado

  Y para mi este camino, soñado desde siempre, creo que lo encontré en el otoño de 2019, cuando de la mano de un amigo entré en contacto con un grupo de personas que buscaban también compartir la “tarde” de sus vidas desde el respeto, la autonomía, el crecimiento personal, la solidaridad… y quizá con algunos, la amistad.

   Y emprendí junto a ellos este camino, difícil pero precioso, de vivir en común abiertos a la libertad.

   Nuestro primer empeño fue conocernos. Pero conocerse no es fácil.

   Mostrar quién eres, así de entrada es complicado, sobre todo para las personas que no se conforman con una biografía que casi parece un currículum en el que se aporta lo que le parece que interesa a los demás: de dónde somos, la familia, los estudios que has cursado, el trabajo que has desempeñado, aficiones y gustos, amigos, conocidos comunes…

   En fin, para empezar, eso no cuesta mucho trabajo, y tiene su importancia el saber estas cosas porque son una parte de las que nos han ido conformando en los años vividos.

   Por ejemplo, para mí es importante decir que mis ojos han visto la luz en la dura posguerra en un pueblecito pequeño del Bajo Aragón, y que amo su arcillosa tierra roja aunque únicamente haya vivido allí durante los veranos. Que he tenido una infancia muy feliz rodeada del cariño de mis padres, de mis hermanos y de la familia y disfrutado de los amigos. Que viví una adolescencia muy peleada por mis deseos de libertad e independencia en lucha con la superprotección familiar y del ambiente social que se respiraba.

   Que, después del Bachillerato, en un colegio de monjas, me gradué en Peritaje Mercantil, porque tenía prisa por empezar a trabajar.

   Y tuve la suerte de conseguir hacerlo en la Universidad de Zaragoza, donde he trabajado, en diversos puestos administrativos, durante 46 años. Me he encontrado allí muy a gusto, en un ambiente agradable y muy interesante, viviendo desde una posición inmejorable los cambios que han acaecido en el mundo universitario, desde las primeras revueltas estudiantiles junto a unos chavales que tenían la misma edad que yo…

   He pretendido siempre que mi trabajo fuera un servicio hacia las personas con las que me he tenido que relacionar, que han sido muchas y muy variadas.

   El tener un trabajo fijo y seguro ha sido estupendo para mí porque llevada por mi curiosidad y mis ganas de aprender pude emprender otros caminos, que no tenían nada que ver con mi profesión.

   Lo primero que me tentó fue la Escuela de Artes Aplicadas y ese mundo informal y un poco loco de los 60, que me llevó a montar junto a tres compañeras, un pequeño estudio de decoración en tiempos difíciles, en los que aún estaba queriendo nacer el Colegio Oficial de Decoradores y lo más duro era conseguir, siendo mujer y joven, que los gremios te valorasen y tomasen en serio como profesional.

   Pero una cosa lleva a otras y el arte me interesaba mucho, sobre todo las artes decorativas, así que me matriculé en la Facultad de Filosofía y Letras, para estudiar Historia del Arte.

   Disfruté y aprendí mucho, pero también fue muy duro compatibilizar mi trabajo de horario fijo con el estudio de decoración y el sacar curso a curso la Licenciatura, ¡además, por supuesto, de no perderme ninguna fiesta! Pero lo logré cerrándola con una tesis sobre artesonados mudéjares con el título de «La techumbre de la Casa de Gabriel Sánchez» publicada por el Ayuntamiento de Zaragoza junto con la Institución Fernando el Católico. A esto siguieron los cursos monográficos de doctorado, la participación con comunicaciones en Congresos Internacionales de Mudejarismo y el empiece de una tesis doctoral que tuve que abandonar por motivos familiares y económicos.

   Y cuando cumplí 50 años decidí que había dos cosas que no quería dejar de hacer: andar el camino de Santiago desde Canfranc a Finisterre y estudiar Ciencias Sociales en su faceta de Trabajo Social ¡Y lo conseguí!

   Ahora, ya, mi trabajo empieza a ser “desaprender”.

   Pero las personas somos complejas, no solo tenemos una faceta académica y profesional, hay muchas otras en cada una de nosotras: la afectiva, la familiar, la social, la espiritual, la filosófica, la política, la más íntima del puro disfrute con todo lo que la vida nos brinda… ¡y eso es la esencia de las personas, su “misterio”!.

   Llegar a eso es difícil, hay que descubrirlo, poco a poco, sin prisas, en esas canciones del sendero que dice Machado, o también como le explicaba el Zorro a aquel niño rubio que llegó a la Tierra, desde su minúsculo asteroide, buscando amigos: “Hay que tener mucha paciencia. Empezarás por sentarte un poco lejos de mí, así en la hierba. Te miraré de reojo y no dirás nada. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca…” Para encontrarlos hay que “crear lazos” con mucho respeto, y eso requiere echarle tiempo y muchas ganas… O como en el romance del Conde Arnaldos: “Yo no digo mi canción sino a quien conmigo va…”

   ¿A dónde?, caminantes, ¿a dónde el camino irá?

Javier Lardiés

Hola a todos mis futuros compañer@s de vida.

   Me piden realice una semblanza de mi persona, voy a ello.

   En primer lugar, estoy divorciado, tengo una hija de 33 años, un hijo de 27, un nieto y una nieta guapiiiisimos.

   Siempre he tenido una sensación de inferioridad, lo cual me ha hecho esforzarme por mejorar.

   Me considero vergonzoso, aunque he trabajado mucho en ello y casi no se me nota.

    Empático, aunque a veces mi vehemencia me hace hablar más rápido de lo que pienso y eso me juega malas pasadas, pero estoy intentando corregirlo.

   Me gusta respetar la ley y que los demás también la respeten, en definitiva, que juguemos todos con las mismas reglas.

   Tengo algunas virtudes y muchísimos defectos que intento corregir.

Vengo de una familia humilde, mi padre trabajaba en el IRIDA, era maquinista de Colonización, haciendo pueblos por toda España, mi madre una abnegada ama de casa, trabajó muchísimo para sacar adelante a sus cuatro hijos.

   Hasta que cumplí los 10 años no había vivido un año entero en un mismo lugar. El recuerdo más arraigado de aquellos años es cada vez que a mitad de curso entraba en una clase repleta de niños y me presentaba el profesor o profesora de turno, recibiendo la mirada de toda la clase.

   Desde los diez años viví en Pinsoro, un pueblo de los llamados de Colonización, donde le dieron tierras a mis padres y allí comenzó mi historia continua.

   Cuando contaba 15 años falleció mi padre, y aun siendo el tercero de cuatro hermanos, entre mi madre y yo nos encargamos de intentar enderezar nuestras vidas arrastrando una deplorable situación económica.

   Luego vino la mili, de voluntario en el cuartel de Valdespartera, en Automóviles. Al acabar volví al pueblo y fundé mi primera empresa con 21 años, que por cierto fue una ruina. La dejé y me fui de vacaciones una semana a Valencia donde encontré trabajo en una firma de elaboración de pescado.

 Estando trabajando en esa fábrica, fundé mi segunda empresa de distribución de alimentos congelados. Fue otra ruina aún mayor, seguí trabajando y pagando las deudas. A los seis años me fichó una empresa de Alicante mucho mayor y allí permanecí doce años, pero la morriña era demasiado grande y decidí (dejándome las puertas abiertas), volverme a Zaragoza.

   Como soy muy previsor, antes de irme de Alicante ya había fundado mi tercera empresa en Zaragoza, con un cuñado como único trabajador y yo dirigiendo desde Alicante. Cuando ya podíamos tener un pequeño sueldo los dos, decidí volverme a Zaragoza con toda la familia. Esta empresa sigue funcionado desde hace 26 años.

   Estando inmerso en esta ultima empresa, fundé mi cuarta empresa que fue otra ruina.

Actualmente estoy delegando y pensando como vosotros en nuestra estupenda cooperativa, ya no quiero mas empresas, que sean otros emprendedores los que las acometan, que falta nos hace.

   Un saludo a todos y ánimo que ya falta menos.

Carmen Bada

 Nací en Fabara (Zaragoza), sin permiso de mis padres. Fui la cuarta hija de una familia católica en una época de crisis económica, con lo que no fui recibida precisamente con mucha ilusión. Así que me las arreglé para pasar lo más desapercibida posible y no dar problemas.

   Mi madre regentaba una fonda en casa y una carnicería, además de los cuatro hijos. Para liberarla de parte de sus tareas, cuando tenía tres años me enviaron a Nuez de Ebro con mi abuela y mi tío que entonces era sacerdote. Mi abuela era una mujer lista, cariñosa, valiente y serena, una de las mujeres de mi vida a las que me hubiera gustado parecerme. Aún hoy, en momentos de duda, recuerdo sus palabras.

   Volví a mi pueblo a los seis años y viví con mis padres hasta los diez, que me trasladé a Zaragoza. Estuve tres años interna en el Colegio de Franciscanas de Montpellier. De esa época guardo algunos recuerdos malos y bastantes enseñanzas buenas, como de cada etapa. A los trece me instalé a vivir en un piso, primero con mis hermanos y luego compartido con otras estudiantes.

   Desde los 19 años trabajo en el Gobierno de Aragón. Empecé en la preautonomía, en 1978, siendo la primera funcionaria del Departamento de Agricultura, por lo que casi podría escribir su historia, de la que he sido testigo durante 45 años. El hecho de tener un trabajo fijo desde tan joven me proporcionó la estabilidad que buscaba, al menos en el terreno laboral.

   Este afán por vivir en una familia “estructurada” me llevó a casarme muy joven y a tener dos hijos estupendos a los que dediqué durante varios años todo mi tiempo y mi energía, ya que me quedé sola con ellos siendo muy pequeños.

   Quince años después, iniciamos una relación de pareja con Jesús, mi compañero y amigo desde críos y con el que espero envejecer de la manera más dulce y alegre posible, contando también con vuestra compañía.

   La música y la literatura son mi principal refugio y fuente de satisfacción. En mi juventud formé parte de algunos grupos musicales y ahora participo en varios talleres literarios de poesía y narrativa. No aspiro a tener éxito en ninguna de estas facetas de mi vida, pero forman parte de ella de una manera muy gratificante para mí.

   Me gusta la cocina, las manualidades, las tertulias, el cine, el mar. Y sobre todo me gusta relacionarme con otras personas.  Mantengo varios grupos de amigos que he ido atesorando y que me esfuerzo en mantener.

   No espero tener nietos, así que mis ilusiones en este momento son jubilarme próximamente, con lo que podré disponer libremente de mi tiempo y seguir apoyando este proyecto de convivencia de nuestra Asociación que siempre me ha parecido complicado, pero no imposible.

   A por ello.

José Antonio Rovira

¡Hola!, Tengo 66 años, jubilado, y he sido 40 años funcionario del Ayuntamiento de Zaragoza; los 22 últimos como jefe de una Junta de Distrito. ¡Funcionario! Contra el bulo popular, la mayoría de las funcionarias servimos al pueblo y somos conscientes de que nos paga el pueblo. Entiendo que en participación ciudadana nos dedicábamos a solucionar los problemas de la gente. Mi trabajo no fue un castigo divino sino una forma de realización personal.

   Aunque tengo otras actividades, estoy especializado en laicismo y muerte digna.

   Tengo responsabilidades en el Movimiento hacia un Estado laico de Aragón (MHUEL) y soy socio de Europa laica.

   En materia de muerte digna, tengo responsabilidades en Derecho a Morir Dignamente (DMD) tanto en Aragón como en la Federal.

  Soy fan de los museos, sobre todo pinacotecas. Suelo ir a Madrid a ver la “milla del arte” y he estado en varias capitales europeas visitando museos. He estado en Nueva York y este pasado 2022 estuve en Cuba, ya como afinidad ideológica; vivo, a mi pesar 😜, en una matrioshka política de partidos de izquierdas.

   Leo y procuro estar al día en materia de divulgación científica, considerando la ciencia como la mejor aproximación al concepto de certidumbre. Estoy en una asociación cientifista y escéptica que luchamos contra las pseudociencias o las pseudomedicinas. Procuro guiarme por el pensamiento crítico.

   He sido cinéfilo pero en la actualidad, por falta de tiempo, estoy más próximo a François Truffaut que a Cristopher Nolan.

   He leído también mucha ficción, aunque últimamente casi solamente leo informes y revistas de mis entidades.

   Tiendo a utilizar el genérico femenino, porque lo considero tan válido e incluyente como el genérico masculino, algún día la RAE lo asumirá.

   Abrazos a todas y todos. 

Entre todos los viajes elijo uno: la vida

   Ante una hoja en blanco, me pregunto qué rescatar de mi vida para que las personas que la lean puedan conocerme.

   Nada fácil resumir en unos folios una vida larga y muy “movida”.

   Nací en un pueblo de Huesca, Poleñino, dónde murió Alfonso I El Batallador, que venía herido de una batalla en la frontera. Aquí empieza el viaje de mi vida, un mes frio de noviembre de 1953, en un pueblo con historia pero muy pequeño. Infancia feliz pero siempre bañada por la nostalgia de la ausencia de mis abuelos maternos, republicanos exiliados en Francia, aunque fue para mí la posibilidad de conocer ese país desde muy pequeña y disfrutar de unos veranos al lado del mar y mimada por mis abuelos que solo me veían una vez al año.

   Estudié en Zaragoza, en la Universidad Laboral. Conocí a Antonio y me casé muy joven, tuve dos hijos, que ahora se han multiplicado y tengo tres nietas y dos nietos, todos magníficos.

   Mi vida laboral fue variada, trabajé en Correos y en el Ayuntamiento de Zaragoza, dónde me jubilé, pero hice un paréntesis para hacerme profesora de yoga y abrir una Escuela, que dejé poco antes de fallecer Antonio.

   En el Ayuntamiento trabajé en distintos departamentos de cultura y educación, y los últimos años en la Casa de la Mujer.

   Mi inquietud por ayudar a crear una sociedad más justa me llevó a estar implicada en distintas organizaciones, asociaciones vecinales, sindicatos, partido político y distintas asociaciones feministas y laicistas.

Viajar por distintos países en furgoneta ha sido esa gran aventura que compartí con mi compañero de vida y por la que le estoy profundamente agradecida.   Llegar hasta aquí ha sido una aventura, ahora en el reposo de la soledad, sigo aprendiendo de una forma sosegada y en una ciudad distinta, buscando el mar he querido realizar el sueño de vivir unos años a su lado y estoy en Alicante.

 Cuando conocí el proyecto de Las Crisálidas, me dije que era la manera de vivir la siguiente etapa de mi vida, en mi tierra y rodeada de amigas y amigos.

Mi viaje

  Mi nombre es Ana y nací en Sabiñánigo en la Navidad de 1958 cuando todavía se nacía en casa, la estufa de leña era la calefacción central y se vivía con los abuelos.

   Mi familia provenía de Ainielle por parte de mi padre y de Lárrede por parte de mi madre. Sus historias difíciles y duras, forjadas a base de trabajo y privaciones por la época que les tocó vivir, me impregnaron desde pequeña y marcaron mi carácter. Sus vidas siempre han sido el ejemplo que me ha servido para seguir adelante a pesar de los reveses de la vida. Siempre he sentido amor y reconocimiento por lo mucho o poco que me hayan podido dar, teniendo siempre presente su generosidad.

   Mi infancia la recuerdo entre los abuelos, tíos y mucha familia. La vida se centraba entre el colegio, los deberes y la vida y juegos en la calle. Con mi hermano, cuatro años mayor, conocí los primeros tebeos, pero siempre eché en falta tener muchos libros en casa. Eran otros tiempos…

   Los veranos calurosos e interminables los pasaba en Escuer con unos tíos donde se vivía entre las faenas del campo y el cuidado de animales. Era mi lugar de veraneo y yo disfrutaba correteando al aire libre pero también empecé a sentir la melancolía y soledad en esas horas de siesta que sí o sí tenías que hacer.

   Mi pueblo quizá no tiene nada de especial pero tiene como telón de fondo un paisaje envidiable que todavía hoy me emociona, llamado Pirineo. En esa primera época no supe ver lo que significaba, a veces no se valora lo que tienes a tu alrededor, pero me sirvió en todo caso para enraizarme con la montaña, sin duda con lo que más he disfrutado en mi vida.

   Tras hacer el bachiller, preparé unas oposiciones en Huesca de administrativa para Correos y aprobé. En aquel momento no era consciente pero me sirvió para poder hacer siempre una vida independiente. Mi primer destino fue Pamplona. Con 19 años empecé a trabajar y a despertar a una nueva vida que me hizo replantear muchas cosas. Fue una época emocionante y muy intensa en lo personal y conflictiva en la vida política. Estoy hablando de finales de los años 70. Esta etapa me sirvió para hacer mucho callo y, entre pelota y pelota de goma, también hice el COU.

   Me gustaba mucho la poesía, la filosofía, escribir, leer y fantasear. Trasladada a Zaragoza, me matriculé en Filosofía con un pensamiento un tanto romántico que no se ajustó a la realidad, así que no acabé la carrera. Me sigue gustando y sigo haciendo cursos en mi afán por dar algo de sentido al sinsentido, pero he de reconocer que lo tengo crudo.

   Llevo más de 40 años en Zaragoza, formé una familia y tuve a mi hija Silvia. No siempre las cosas salen bien pero me quedo con lo bueno. Tras una etapa viene otra y seguí viviendo…

Desde aquí, empecé a subir a la montaña cada vez con más frecuencia. Ahora ya para disfrutar de sus parajes, subir algunas cimas, compartir con mis amigos esos momentos mágicos que sientes al comer junto a un ibón o pisar las cimas nevadas que tantas emociones me producen.

   Además de disfrutar de la naturaleza, me encanta viajar y conocer personas y lugares diferentes, si puede ser de otras culturas mejor. Eso me hace sentir que no somos el centro ni el ejemplo de nada. También leer, escribir, cualquier cosa que me permita seguir aprendiendo.

   Los últimos 16 años los pasé en la Confederación Hidrográfica del Ebro con muy buenos recuerdos y compañeros, hasta cumplir los 60 años que pude jubilarme. Desde entonces intento disfrutar sin prisas de las pequeñas cosas como un desayuno, paseos o charlas con amigos intentando escapar del vértigo diario de querer estar y llegar a todo. Algunos días los dedico a cuidar de unos niños en una guardería y compruebo cómo una sonrisa compensa cualquier esfuerzo y que siempre recibes más de lo que das. También me he comprometido a trabajar más por nuestro proyecto.

   Una vida resumida en unas pocas frases, el resto está por escribir. Pienso mucho en cómo sería mi vida de haber nacido en una tribu de África, en una gran urbe como Tokio o en cualquier otro sitio… Me apasiona pensar en vivir otras vidas distintas. El estar en este grupo es una de las circunstancias en que he tenido la posibilidad de elegir. Dónde nacer o quién fue mi familia me vino de catálogo.

   Gracias a María, que conocí en un curso de escritura, estoy en Las Crisálidas, ya cooperativa. No sé hasta dónde llegaré, pero el momento es ilusionante porque estoy conociendo a personas estupendas y además creo que me ayuda para enfrentar la última etapa de la vida con una ilusión y fuerza que de otra forma se tornaría bastante gris. Siempre he querido volver a mi querido Pirineo, pero al menos de momento, prefiero elegir con quién vivir antes que dónde y es que, si algo he aprendido a lo largo del camino, es que la amistad y el cariño es lo que da algo de sentido a mi vida.

No te rindas, aún estas a tiempo
de alcanzar y comenzar de nuevo,
aceptar tus sombras, enterrar tus miedos,
liberar el lastre, retomar el vuelo.

No te rindas que la vida es eso,
continuar el viaje,
perseguir tus sueños,
destrabar el tiempo,
correr los escombros y destapar el cielo.

M. Benedetti

Ernesto Torcal

Nací en Madrid, donde viví hasta los 17 años, de padres aragoneses, en una familia económicamente acomodada en donde, sin despilfarro, mis cinco hermanos y yo siempre hemos tenido lo que realmente necesitábamos.

   Mi infancia la recuerdo feliz, tanto en Madrid como en los veranos que iba al pueblo de mi madre, en la ribera del Ebro, aguas abajo de Zaragoza. En aquellos años, mis tíos que vivían en el pueblo todavía no tenían hijos y me encantaba pasar temporadas con ellos. Los fines de semana bajaban mis tíos y primos que vivían en Zaragoza y nos juntábamos una buena cuadrilla. Mis abuelos maternos habían tenido 7 hijos y 24 nietos. Mi primera bicicleta me la compró mi abuelo a los ocho años.

   Estudié en Madrid, en los Escolapios, hasta los 14 años. Les planteé a mis padres que no quería seguir estudiando allí y 5º, 6º y Preu, los hice en el Instituto San Isidro de Madrid. Estamos hablando de finales de los 60 y principio de los 70, con todos los acontecimientos que ocurrieron en esos años en contra de la dictadura franquista.

  En el instituto me impliqué en el movimiento estudiantil, lo cual tuvo como consecuencia que con 17 años, en las navidades de 1970, el tristemente famoso Billy el Niño me detuviese en la boca del metro de Moncloa junto a otros dos compañeros. Tres días antes habían detenido a otro compañero en una manifestación, hecho que desconocíamos los tres, que habíamos quedado previamente ese día en ese lugar.

   Pasé diez días en los calabozos de la llamada D.G.S. en la Puerta del Sol (ahora sede de la Comunidad de Madrid), de donde salí el día 31 de diciembre hacia la cárcel de Carabanchel. Era finales de marzo de 1971. Entonces estaba en vigor el llamado estado de excepción, y te podían tener detenido por tiempo indefinido. No llegué a tener ningún tipo de juicio en el llamado Tribunal de Orden Público.

   Mi salida de Carabanchel fue “negociada” con mi padre, a condición de que me marchara de Madrid. Destino: Soria, donde tenía unos tíos.

   Allí estuve seis meses preparando los exámenes de Preu. Cuando volví a Madrid en septiembre para examinarme de un grupo que me había quedado pendiente en junio, una noche a las doce sonó el timbre de casa y dos personajes de la Brigada Político Social pusieron toda la casa patas arriba en busca de “propaganda subversiva”. No encontraron nada, pero nuevamente me llevaron a dormir cinco o seis días a los calabozos de la Puerta del Sol.

   Por este motivo, mis padres me mandaron con mi abuela a vivir y estudiar en Zaragoza en la Escuela de Ingeniería Técnica de Corona de Aragón, para ver si me dejaban tranquilo. Tras una fuerte discusión con mi padre, abandoné mis estudios a finales de curso, me puse a trabajar, me iindependicé y me fui a vivir con mi primera compañera.

  Desde entonces mi residencia ha sido Zaragoza, donde seguí defendiendo mis ideas, ya más ligadas al movimiento obrero.

   La dictadura todavía estaba en el poder, y por estar “rezando” en una iglesia, me volvieron a detener junto con más gente y durante varios días tuve que conocer los calabozos del Paseo de María Agustín. La cárcel de Torrero solo la conozco por fuera.

   En esos años, militando en un partido de izquierdas, conocí a nuestra compañera Ángela. Hacía muchísimos años que no nos habíamos vuelto a ver.

   Con 26 años tuve mi primer hijo. Entré a trabajar en una empresa grande, la Constitución ya estaba aprobada y mi actividad “política” fue bajando, aunque nunca he abandonado mis ideas y siempre he estado en un sindicato, con más o menos actividad.

   En la empresa, pronto empecé a promocionar y pasé por distintos puestos, lo cual supuso tener que vivir temporadas en otras ciudades.

   Participé en la creación de la Tertulia Albada con otros compañeros de la Escuela de Ingeniería Técnica. De la Tertulia siempre he sido socio, aunque mi presencia en los últimos 25 años ha sido muy escasa, pero siempre me agrada recibir el boletín mensual que publican, y poder participar en los miles de actos que han ido organizando en todos estos años aunque, en realidad, la mayoría solo han quedado en la intención. Allí conocí a nuestra compañera Pepa.

   Es posible que sea un poco inaguantable, porque me he divorciado dos veces, me he casado tres y tengo cuatro hijos de mis dos primeros matrimonios.

   A mis 53 años Telefónica me ofreció prejubilarme “voluntariamente”, tal como hacía con toda la plantilla al llegar a esa edad y, aunque económicamente deje de ganar parte de dinero, recuperé mucho tiempo libre para hacer muchas otras cosas. Nunca me he aburrido o pensado que no tenía nada que hacer.

   En mi prejubilación, me separé de mi segunda esposa. Me dediqué a estudiar y practicar distintas actividades (inglés, montañismo, domótica, bailes de salón…) y conocí a mi actual pareja, Lucía.

   Por otra parte, creo que soy una persona dialogante. Rechazo las personas sectarias y dogmáticas, no me importa poner en tela de juicio mis ideas e intentar comprender la idea de los demás, para intentar sacar conclusiones constructivas.

   Siempre he tenido en la cabeza la idea de que, sobre todo en la etapa senior de nuestra vida, había que tener otras formas de vivir. Pero esto estaba aparcado en algún lugar de la cabeza, sin darme cuenta de que el DNI cada vez era más viejo.

   Gracias a que mi cuñada Clara me comentó la idea de acudir a una reunión con una asociación llamada Las Crisálidas, os he ido conociendo y dando forma a las ideas que tenía aparcadas en mi cabeza.

   Espero que, mientras tenga fuerzas, poder desarrollar y disfrutar de esta forma de convivencia, desarrollo y ayuda mutua en el marco del cohousing.